Bienvenidos, amigos lectores 👋

Hoy os traemos una nueva colaboración literaria. En esta ocasión, la valiente ha sido una joven escritora que nos brinda sus letras con una historia de fantasía que daría para un relato mucho más largo y que, por supuesto, estaríamos encantados de leer, si se anima a continuarlo. Hablamos de La Hechicera de Letras. De momento su influencia se limita a la red de Instagram, en la que sube escritos de manera periódica, pero puede que nos sorprenda en el futuro con nuevos formatos y aportaciones. Su género es la fantasía y así lo ha demostrado con este pequeño fragmento llamado «La isla de los condenados».

¡Que lo disfrutéis!


La isla de los condenados

Sobrevivir en la Isla de los Condenados era una proeza, tan inhóspito era, que nadie sabía  cómo habían llegado allí sus primeros moradores.

Las tradiciones más antiguas decían que los Dioses se cansaron de las fechorías de los hombres, y en forma de castigo los habían enviado a ese desolado sitio, custodiado por un dragón.


Lo cierto era, que se había convertido en una gran  cárcel sin rejas. Durante varios siglos fueron enviados allí, lo peor de la sociedad: asesinos, ladrones, y hombres sin honor, que aceptaban la condena, creyendo que podrían escapar de ese sitio, cuando en realidad era imposible.


Poco a poco, el lugar género tal temor, que los condenados preferían perecer en la horca que ser enviados a la ínsula: pues sino morían despedazados al intentar huir, lo hacían por las condiciones del lugar; sus tierras eran tan áridas, y sin riquezas, que el hambre y la miseria, eran la moneda más corriente.

Aunque ese lugar era el designado para los hombres perdidos, también se convirtió en el destino de inocentes, enemigos de la corona, o de grandes señores, que no querían ver a nadie alterando su tranquilidad.

Cada mes, llegaba a sus costas un barco con más gente que engrosaban su número de habitantes, y una cantidad reducida de recursos, sobre los cuales se abalanzaban en cuando tocaban tierra. 


Hasta que un día llegó en ella, una joven moribunda, se lanzaron por ella. Las mujeres escaseaban, y eran tratadas como meros objetos: si deseaban sobrevivir debían someterse a algún hombre voluntariamente, o de lo contrario se convertían en presas de caza.


Se estaban disputando a la recién llegada, cuando apareció en escena la única mujer libre de la isla: Elena, le decían la carnicera, y nadie osaba oponerse a ella.


Se había ganado la reputación que tenía, cuando al llegar a la isla uno de los hombres más fuertes intentó tomarla por la fuerza, y terminó degollado, al igual que su marido.  De ahí en adelante su fama creció, y nadie se atrevió a molestarla. Con los años, cada vez que veía llegar a una mujer inocente trataba de ayudarla, si bien algunas prefirieron tener la protección de los hombres, a cambio de ciertos favores, otras acudieron a ella para poder elegir libremente qué hacer de sus vidas, y aunque muchos no lo creyeran aún existían buenas personas entre tanta escoria.


Al ver la situación, solo sintió repugnancia por lo bajo que caían esos hombres,  y estos a su vez comprendieron, que era una batalla perdida, y desistieron de sus intenciones. 

Llevó a la joven a su humilde morada, y allí  le dio todos los cuidados posibles, descubriendo así que estaba embarazada, los días pasaron, pero la muchacha no lograba recuperarse del todo: su tez seguía enfermiza, y su cuerpo débil.


Así  transcurrieron varias semanas, hasta que el día en que una despiadada  tormenta azotó la isla, la joven murió mientras daba a luz a un bebé. Elena siempre supo que esa criatura no era ordinaria, lo sentía, como también los otros habitantes; desde que nació  había retornado la prosperidad a la ínsula. Crio a ese niño como propio, aunque nunca le negó su origen; Eloir como lo nombre, creció fuerte, de corazón noble, y con una sabiduría innata.


Los otros jóvenes le envidiaban, no solo era atractivo, y tenía el respeto de todos, sino también por los mitos que había acerca de su persona.


Tal era el odio, que elucubrar un plan para deshacerse de él ; lo citaron en el acantilado más peligroso, dónde las leyendas antiguas decían que vivía el dragón que supo custodiar sus costas, y despedazaba a quien intentara huir.

Cuando Eloir llegó al sitio una emoción nueva nació en su pecho, e ignorando el plan de los que consideraba sus amigos, se quedó admirando ese lugar, desconocido para él, pero, en una sucia maniobra, lo empujaron a traición.

Se marcharon satisfechos, pero al pasar los días, y al no haber  indicios del joven en el poblado, se empezaron a correr rumores, estos llenos de temor volvieron al lugar: la marea debería haber movido el cuerpo y hacerlo visible.

Recorrieron el sitio sin un ápice de miedo, pues ellos no creían en las leyendas, ni su generación había visto con horror los cientos de hombres  mutilados; solo querían ver el cuerpo sin vida contra las rocas, pero no hallaron nada.


En ese momento, apareció un gran dragón, los miró atravesándoles el alma, mostrándole sus errores, fue entonces cuando la majestuosa criatura empezó a lanzar fuego, haciendo que huyeran despavoridos. 

A pesar de lo que muchos creían, ese magnífico animal era un guardián, protegía las almas nobles, era por ello que no dejó salir de la isla, a  aquellos hombres que sólo llevarían más maldad al mundo, esperando la redención de otros, y que nacieran nuevos hombres llenos de honor, que escribieran historias de valentía y coraje.


Desde ese día el dragón  volvió a custodiar sus costas, y muchos dicen que cada noche el dragón  visitaba a la desconsolada Elena.


Lo que pocos sabían era que ojos codiciosos estaban sobre ellos, la isla era una fuente de riqueza, y deberían pelear por su libertad, pero esa es ya otra historia.