— Por supuesto, doctor Shuster, el riesgo es mínimo y la recompensa merecerá la pena. El único inconveniente es que usted debe viajar hasta el lugar en cuestión para realizar el ritual.

El doctor Bram Shuster comenzó a toser de manera compulsiva realizando espasmos horribles sobre el sillón forrado en el que estaba recostado, reclinándose hacia delante. El señor Anthony Willis tuvo a bien traerle un vaso de agua y propinó unos pequeños golpes en la espalda maltrecha del doctor.

— ¿Está usted bien? – preguntó el señor Willis con preocupación.

— Hace años que dejé de estar bien, señor Willis – contestó el doctor Shuster con dificultad en la voz, tenía apenas cincuenta años, pero por su apariencia denotaba al menos setenta. Su piel era tan pálida que se iluminaba al sol, su cuerpo tan delgado que parecía que los mismos huesos querían salir de la carne y su mirada tan afilada que cortaba con tan solo esgrimirla. Era todo lo contrario al señor Anthony Willis, pues era un hombre rechoncho, sudoroso y con un fino bigote que apenas se movía al hablar.

— Como le decía, tendrá que asistir al ritual en persona. La posesión bori es un tema muy delicado entre los practicantes…—el señor Willis miró a ambos lado y bajó la voz, pero era evidente que estaban solos en la mansión del doctor Shuster, tan solo el moribundo y sus cuidadores moraban aquellas paredes— de este embrujo demoniaco. Otros han visitado a la tribu de los hausa con satisfactorio resultado. Dicen que pueden curar cualquier enfermedad invocado a los espíritus – el señor Willis comenzó a juguetear nervioso con las manos y al doctor le pareció ver que hacía la señal de la cruz.

— ¿En qué me he convertido? – Preguntó retóricamente el doctor Shuster llevándose una de sus moteadas manos a la frente y tomando un largo trago de agua—. He abandonado la ciencia, ahora recurro a la brujería para curar mis males.

— ¡Su mal es cosa del diablo! – exclamó Willis —. Debe combatirlo con cualquier recurso que esté a su alcance —. Y añadió con voz trémula —. Situaciones desesperadas requieren de medidas desesperadas.

La pequeña reflexión del señor Willis le otorgó fuerzas al doctor. Se puso de pie en el salón e inhaló con ahínco como si intentará robarle segundos a la vida y quitárselos a la muerte.

— Tiene usted razón, señor Willis, ha sido usted un gran apoyo para mí durante este aciago periodo, aunque presiento que no me queda mucho tiempo entre los vivos.

— No diga eso. Muchos se han curado de forma milagrosa, ¿Por qué no lo iba a hacer usted? Un respetado hombre que ha contribuido a esta comunidad obrando los mismos milagros de los hablamos. Sanando a incontables ciudadanos. ¿Por qué no se sanaría usted?

Una débil sonrisa apareció en el rostro del doctor y de nuevo tosió de forma enérgica llevándose un pañuelo blanco a la boca y devolviéndolo ensangrentado.

— Organice el viaje, señor Willis, no escatime en gastos.

— Así lo haré.


Anthony Willis, que era muy dado al derroche, fletó un buque con una tripulación de veinte marineros que partiría desde Liverpool hasta las playas de Costa de Marfil. Del país africano es de donde procedían los testimonios de muchos franceses que indicaban los milagros realizados por las tribus indígenas. Prodigios que algunos tachaban de demoníacos; sanaciones imposibles, aumento de la fuerza física y hasta incluso rejuvenecimiento. El precio a pagar era siempre excesivo, un tratamiento accesible únicamente para aquellas personas que pudieran permitírselo. Por suerte para el doctor Bram Shuster, él era una de esas personas afortunadas.

Cuando Shuster, Willis y su elenco desembarcaron en la costa africana, un grupo de militares franceses les recibieron con elegantes y refinadas frases que el doctor Shuster apenas entendía. Willis tuvo a bien contratar a un intérprete y a un grupo de ocho expedicionarios armados que los escoltarían por la selva tropical. Las vestimentas del doctor Bram Shuster le hacían pasar desapercibido en el puerto, estaba ataviado con una camisa de explorador abotonada blanca, unos pantalones de tela también blancos, botas altas marrones y un salacot beige como el de los militares españoles que participaron en la colonización de las indias orientales. Willis tenía un aspecto muy parecido al de su amigo, pero también lleva apuesta chaqueta verde oscura que disimulaba algo más su oronda barriga. Los soldados franceses les escoltaron hasta una especie de consulado construido en el puerto donde se le daba la entrada a los extranjeros. Allí conocieron a Lasme un alegre hombre negro que se ofrecía a los turistas para mostrarles los límites de la selva marfileña. El hombre hablaba inglés y francés con dificultad, sin embargo el resuelto intérprete parecía comunicarse con él fácilmente y hasta llegó a gastarle alguna que otra broma. El doctor Shuster le indicó al traductor que le explicase el motivo de su visita y Lasme cambió su semblante alegre por uno más serio. No tuvo problema en guiarlos a través de la selva hasta el poblado donde se llevaban a cabo las prácticas que el doctor demandaba, aunque, como era de esperar, pidió un extra monetario por el servicio.

Durante la travesía, la cual realizaron a pie atravesando la vegetación de Costa de Marfil, Lasme narró un relato referente a los rituales que realizaba la tribu de los hausa; «La gente se coloca en las puertas de sus chozas, en tanto que cuatro personajes marchan hacia una cabaña especial y se sientan circularmente en torno a ella. Estos elementos tienen especial importancia en el desarrollo de la ceremonia. Ocupa lugar destacado «la vieja», magadja, que hará sonar su calabaza. Situación preeminente se reserva también «al anciano», que parece representar a los hombres de la tribu. Viene luego «el vidente», un joven que se untará los ojos con magani, cierto ungüento mágico que permite divisar a los espíritus. Tampoco puede olvidarse «al músico» o maimolú, que tañerá una especie de guitarra sudanesa para atraer a los espíritus que merodean por la selva.»

Los hombres de la compañía guardaban el ánimo en tensión, estaban absortos escuchando el relato del negro. El calor era penetrante en la selva, la humedad ocupaba los poros de los viajeros. Todos ellos sudaban hasta estar completamente empapados excepto el doctor Bram Shuster que era portado cual icono religioso en una cabalgata procesional. Cuatro hombres cargaban con su trono y una sombrilla coronaba la imagen.

— Señor Lasme – dijo el doctor muy interesado en la historia — ¿Qué hacen exactamente esas cuatro figuras en el ritual?

— Son muy importantes, doctor, los cuatro pilares irán enumerando los nombres de los espíritus hasta que alguno de ellos aparezca. Lo harán gracias a la presencia de la vieja, que lo atraerá con su poder maternal, y al reclamo del músico. Esta será la «puerta» de la ceremonia y así es como dará comienzo. El viejo desempeña un papel de representante honorable de la comunidad y ha de inspirar respeto en el recién llegado, pues es el hombre que más cerca se halla de los antepasados. El vidente atenderá la llegada del huésped, su partida y, además, actuará de portavoz.

— ¿Has estado alguna vez en un ritual? – preguntó inquisitivo Willis mientras se enjugaba la frente con un pañuelo.

— Sí. El espíritu, después de aceptar el recibimiento de la tribu, poseerá a la persona en cuestión. No importa si es hombre o mujer, él se introducirá en su cuerpo y tomará control sobre el individuo. La persona gritará, gesticulará y comenzará a moverse de maneras extrañas intentando resistirse, pero será inútil. En ese momento, la tribu deberá increpar al espíritu su proceder. Le reprocharán intentar hacer daño al cuerpo donde se hospeda y le pedirán que deje de hacerlo. Cuando el cuerpo deje de convulsionar, la tribu le agradecerá al ente su benevolencia y este se arrastrará hasta la choza indicada acompañado de los cuatro pilares para realizar la sanación. Nadie sabe lo que ocurre dentro en la choza.


Parte 2