Basado en el cuento popular «The true bride» de los Hermanos Grimm.


En Azímur hay un dicho popular que reza, «Si un orco llega a tu puerta, prepara tu bolsa y esconde a tus hijas», la última parte es un poco confusa, pero al resto de la frase no le falta razón. Es bien conocido por todos los habitantes de Azímur que los orcos son la raza más tacaña y avariciosa que han pisado estas tierras. Son los últimos seres con los que querrías emprender un viaje, pues deben dinero, son mezquinos y muy codiciosos.

La historia que os voy a contar tuvo lugar antes de que los nórbaks dominaran la isla de Véstrit y fundaran la Ciudad de Cristal, cuando las riquezas aún eran escasas y la tierra yerma. Tiempos austeros para los labradores y abundantes para los gobernantes, aunque eso no ha cambiado mucho. Cerca de lo que ahora se conoce como el Pantano de la desidia, habitó un orco especialmente cruel. La hija de este orco se marchó de su cubil en cuanto pudo y este quiso remplazarla con una huérfana humana, una chica sin padre ni madre que encontró vagando por las calles de La Cloaka como una mendiga. Pero esta pequeña humana no estaba destinada a servir a un vil orco, por supuesto que no, aunque, no obstante, al no tener la chica padre ni madre le obedecía a pesar de su maldad. El orco odiaba la obediencia casi tanto como que se cumpliera su voluntad. Unos curiosos seres los orcos, siempre se están contradiciendo. A este orco en concreto le gustaba contradecirse pegándole a la chica con un palo. Hacía un ruido horrible hasta dejarle la espalda amoratada, pero eso, irónicamente, le complacía.

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Un día, el orco se marchó de viaje y le ordenó a la chica llenar cien sacos con plumas que él mismo había recogido en sus viajes. Una tarea imposible, cada vez que intentaba sacar las plumas del enorme baúl del orco, se volaban por toda la habitación, teniendo así que empezar de nuevo. La chica no dejaba de llorar, pues no quería disgustar a su señor y que este la azotara. Una pequeña hada, que andaba casualmente por allí recogiendo flores, escuchó el llanto incensarte de la muchacha. Asomó su diminuta cabeza por la ventana de la choza y decidió que debía ayudarla. Mandó a dormir a la huérfana con unos polvos somníferos y completó el mandato. Al día siguiente, las plumas estaban ordenadas y empacadas en los cien sacos. La muchacha no salía de su asombro al ver todas las plumas empaquetadas, pero disimuló ante el orco y le hizo creer que ella había realizado tal hazaña.

Después de varias semanas, el orco, extrañado por el éxito anterior, le ordenó otra tarea. Vaciar la charca que estaba junto a su choza. La charca era profunda, además de maloliente e infestada de insectos, pues sus aguas provenían directamente del Pantano de la desidia. Todo ello la convertía en una piscina digna de un orco respetable, sin embargo, allí quería construir algo impensable y que fuera la envidia de los viajeros que por allí pasaran. Así que le ordenó a la humana dejar sin agua el lugar. El orco se fue a dormir sonriente dándole de plazo un día y pensando en los azotes que recibiría la niña al día siguiente. El hada, que observa oculta desde la distancia, esparció sus polvos somníferos sobre la chica y convocó a los animales cercanos para vaciar el estanque. El orco despertó de su sueño palo en mano y, al salir de su choza, no pudo dar crédito a lo que sus ojos le mostraban. La charca estaba vacía, ni una sola gota quedaba, solo barró e indignación. El malvado estuvo azotando a la chica toda la noche, era imposible que hubiera vaciado el estanque sin ayuda.

A la mañana siguiente, le encargó una tarea aún más imposible, levantar en la charca un palacio. Un edificio repleto de estancias y acertijos. La envida de cualquier habitante de Azímur, los reyes deberían reverenciarse ante tal proeza y los príncipes arrodillarse ante él. Un lujo entre los lujos.

Bárbaras desventuras: La Cueva – Parte 3 | Cuento (Fantasía, Humor) –  Kentucky Fried Lit

Al atardecer, la chica no había movido ni una sola piedra y, de nuevo, el hada le ayudó. Pidió ayuda a los árboles moribundos que poblaban el pantano y estos le prestaron su corteza en un último acto de servicio al bosque. El hada erigió un edificio de madera con cámaras y salones mientras que la chica dormía. Un puntapié la despertó de su sueño y cuando estaba apunto de disculparse por no haber cumplido su tarea, miró hacia donde el rechoncho dedo del orco señalaba. Un magnifico castillo de madera recortaba el horizonte, con almenaras y torreones. Un prodigio de la construcción que asombró a ambos. Era maravilloso. El orco se enfureció, «El palacio está ahí, pero tú no lo has construido. Eso es una contradicción y, cuando hay una contradicción, hay que hablar con nuestro amigo el garrote. ¿No crees?». Azotó a la chica y luego se regodeó en las delicias del palacio. Había comida. Un banquete entero para él solo, pero no encontraba el vino por ninguna parte. Ordenó a la muchacha ir a la bodega a buscar algo con lo que acompañar el faisán asado. La bodega estaba oscura y pensó que no sería buena idea encender fuego en el castillo de madera, así que intentó a tientas dar con alguna bebida. El impaciente orco sacó a rastras a la chica y se adentró él mismo en la habitación. Un paso en falso, un grito ahogado y un terrible golpe. El orco había caído en un profundo pozo que el hada había construido especialmente para él. La muchacha quedó sin aliento. El hada se presentó ante ella.

— No le compadezcas. El orco era mezquino y cruel. Tiene su justo merecido.

— ¿Tu eres quien ha hecho estos prodigios? – se maravilló la humana.

— Sí, tu sufrimiento me conmovió. Las hadas no ayudamos a los demás a menos que sea necesario. Yo hice este castillo y también el pozo.

— Te lo agradezco mucho. Cuidaré bien de este regalo que me has entregado.

La chica se quedó el palacio para ella y se dio un nombre. Y cuando corrió la voz de que había una mujer sin hombre en un palacio, el resto de Azímur se estremeció. Venían a pretenderla cada día, el príncipe tal de aquí, el caballero cual de allá, pero unos eran torpes y otros abobados. Hasta que una mañana, asomada al balcón de palacio, vio a un apuesto humano cortando las rosas de su jardín. Él la miró, ella bajo la vista, él sonrió y ella sonrió. De pronto, la muchacha quería tener flores en su alcoba, flores en su pelo. Su sonrisa se convirtió en palabras y las palabras en susurros y lo susurros se transformaron en besos.

— Tú eres mi verdadera novia — decía él.

— Sí, lo soy. No permitas que tus besos se los lleve nadie más — dijo ella.

— Nunca jamás.

Pero el dolor acechaba a la pareja y la desgracia se apoderaría pronto de sus vidas.


La huérfana y el jardinero. Parte 2