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Relato anterior:Ratera 🧚


—Despierta, Meri, te está buscando.

Merigold se incorporó en el catre con un bostezo y un bufido.

— ¿Qué quiere ahora?

— Yo que sé. Tú ve a verle, está en su alcoba — contestó Dilia con desdén dejándose caer en una de las dos sillas del cuarto.

— ¿Y qué te pasa a ti, hermanita?

— Nada. Lo de siempre.

— Ya lo hemos hablado, Dilia. No hace falta que te acuestes con ellos, solo los apuñalas y te llevas el dinero.

— Para ti es más fácil. Eres como ellos — reprochó la rusalka con los ojos enrojecidos. Se notaba que había estado llorando.

— ¡No soy como ellos! Nos obligan a hacerlo, ¿recuerdas? Parece mentira que tú seas la mayor. Somos prisioneras desde… ¿hace cuanto?, ¿siete años? Yo tengo las mismas marcas que tú – dijo extendiendo hacia su hermana el brazo color carmesí repleto de cortes y cicatrices.

Dilia le dedicó una mirada impasible. Sus cuernos habían crecido enroscados hacia atrás como dos trenzas blancas sobre su pelo negro, y su piel pálida se tornó anaranjada años atrás, una mala señala entre las de su especie, significaba debilidad y, por tanto, una vida abocada al fracaso. En cambio, Merigold poseía dos cuernos firmes que apuntaban hacia el cielo y sobresalían de su pelo color ceniza, su piel era de un rojo intenso. La rusalka mayor rompió el silencio inquebrantable que se había posado entre las dos.

— Con una se ensañaron más que con la otra. —Aquella afirmación desencajó la cara de Merigold que suspiró y se dejó caer de nuevo sobre la cama, la batalla estaba perdida.

— Te prometo que algún día saldremos de aquí y nos iremos lejos, donde nadie pueda encontrarnos.

— Has hecho esa promesa demasiadas veces, no creo que llegue a cumplirse jamás – dijo Dilia con tristeza levantándose de la silla y enfilando la puerta de madera—. Vamos, vístete, te está esperando, y sabes que no le gusta que le hagan esperar.

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Merigold se puso un vestido de tela negro que la cubría por completo, unas botas de cuero del mismo color con dos hebillas plateadas y un cinturón que ajustaba la prenda a su delgada cintura. La rusalka había cosido al vestido una capucha para ocultar sus cuernos, aunque el rojo de su piel era imposible de borrar. En ocasiones usaba guantes para encubrir sus manos azabache o incluso máscara si su cliente desconocía su naturaleza. El colgante con la gema verde lo guardaba por dentro de la ropa, cerca de su corazón.

El hombre que la reclamaba era su amo, aquel que asesino al boticario y a sus amigos años atrás. Era un humano realmente despiadado y cruel, pero sentía cierto afecto por las dos rusalkas. Las trataba como a dos objetos realmente valiosos que debía preservar. Cuando llevó a las chicas a su guarida en La Cloaka, les procuró las mejores habitaciones y un trato preferente entre la escuadra de ladrones y asesinos que formaba su séquito. Se podría decir que el ocultismo que envolvía a las rusalkas le obsesionaba, pero los privilegios que Merigold y Dilia ostentaban en la taberna Cabeza de Puerco, no les libraron de las torturas y la curiosidad sádica del hombre por conocer los límites del dolor. Aún así, era una persona de cultura, un viajero, y les enseñó a leer y a escribir en lengua común, el arte de la espada y multitud de historias acerca de los pueblos y ciudades de Azímur.

— ¿Me buscabas? – preguntó Merigold haciendo una pequeña reverencia antes de entrar a la habitación.

—  ¿Por qué has tardado tanto? – Se limitó a decir el hombre sentado frente una ventana desde la que podía ver gran parte de la ponzoñosa ciudad y la entrada a su taberna que tenía un gran cartel con la cabeza de un cerdo.

—  Lo siento.

—  No te eduqué para esto, hija.

El hombre se levantó del asiento y si giró hacia Merigold. En todos los años de esclavitud, ninguna de las dos rusalkas pudo ver jamás el rostro de su captor. El antifaz de plata cubría su cara y la enroscada barba marrón hacía el resto. La práctica le otorgó a Merigold la capacidad de descifrar el estado de ánimo del hombre y hasta sus intenciones con tan solo mirar los relucientes ojos pardos que se escondían tras el antifaz.

—Parece que a tu hermana no se le ha dado bien el último encargo. ¿Has hablado con ella? — preguntó pausadamente mientras se acercaba a Merigold.

— No. Hace tiempo que no nos sentamos a hablar.

— Es una pena. Las dos sois muy valiosas para mí, ya lo sabes, sin embargo Dilia no se está adaptando bien a su nuevo papel.

— No es fácil, padre — le repugnaba decir esa palabra. Aquel hombre no era su padre —. Los hombres que frecuentan la taberna son crueles y están dispuestos a cualquier cosa por saciar sus instintos — la chica recordó la primera vez que tuvo que enfrentarse a uno de ellos. La manoseo y vejó hasta que le cortó la manos y el miembro— . Dale tiempo, lo hará mejor.

Merigold intentaba adivinar las intenciones del hombre, pero sus ojos no mostraban ninguna emoción que hubiera visto antes. La mano del humano le rozó delicadamente la mejilla, y, aunque ella deseaba gritar, huir, sacar su daga y apuñalarle en el corazón, no se apartó de la caricia.

— Eres un ser fascinante, Meri. Las rusalkas tenéis una belleza incomparable. Una fuerza interna venida de otro mundo y una maldición imperecedera que pesa sobre cada una de vosotras — el humano hizo una pausa contemplando concienzudamente las facciones de Merigold. Cuando terminó su examen, se volvió hacia un gran escritorio con varios libros y pergaminos —. He descubierto algo sobre vuestra raza que no debe ser divulgado. Un secreto que nadie debería saber. Completa el trabajo fallido de Dilia y os mostraré lo que vuestro preciado colgante esmeralda esconde.

Un escalofrío recorrió la espalda de Merigold. No podía ser cierto, al fin descubrirían el secreto del colgante. Debía contárselo a Dilia inmediatamente.

— Como desees, padre. Solo dime quién será mi objetivo.

El hombre le entregó una misiva enrollada con un hilo negro. La rusalka la desenvolvió y el contenido congeló por completo la sangre de sus venas.


En cuanto salió de los aposentos de su padre adoptivo, Merigold se dirigió hacia la habitación de Dilia, un pequeño cuarto colindante al suyo. Una fina pared separaba ambos habitáculos y cada noche su captor apostaba guardias en la puerta para que no pudieran escapar, ya que no siempre tuvieron la libertad de andar por la taberna sin vigilancia. Sin embargo, las hermanas inventaron un lenguaje oculto para comunicarse a base de imperceptibles golpes en la pared. Las frías noches en la Cabeza de Puerco se hacían más amenas con cada golpe y el hecho de saber que la otra seguía con vida les daba esperanzas para continuar luchando.

— ¡Dilia!  — Exclamó jadeante Merigold a la vez que abría la puerta de madera de par en par. No había nadie. Tan solo el orden reinaba en la habitación de la rusalka, cada objeto de la habitación ocupaba su lugar exacto, sin excepciones. La disciplina de Dilia era insólita, a diferencia del desorden que acompañaba a Merigold. Parecía que con cada pequeño gesto la distancia que las separaba era mayor. Un abismo prácticamente insalvable.

No consiguió dar con ella en las horas posteriores y el momento de cumplir su trabajo se aproximaba. La nota era clara, aunque aún no podía creerlo lo que sus ojos azules leían.

«Te saludo, mi amigo enmascarado.

Dos muchachos rubios, de ojos marrones y piel marcada por el fuego. Mil monedas es el precio. Bajo la tercera luna haré mi llegada.

Me despido.

Pata de palo.»


La noche oscureció el cielo de Azímur. Los habitantes de La Cloaka se ocultaron en sus hogares. La raza de los anuras controlaban la ciudad a su antojo y las noches no solían ser muy amigables para los propios ciudadanos, y aún menos lo era para los forasteros.

Dos chicos rubios, uno más delgado y otro de mayor porte, cruzaron las puertas de la taberna Cabeza de Puerco. Iban ataviados con capas de tela marrón, jubones de cuero y, enganchado al cincho, llevaban una espada de acero cada uno. Echaron un vistazo a su alrededor y solo vieron borrachos agotando las reservas del lugar. La mayoría de los presentes eran humanos, pero otras razas como los anuras o los orcos también ocupaban las sillas de la taberna. Algunos cantaban, otros bailaban sobre mesas redondas que aguantaban de milagro sus orondas barrigas, un tercer grupo trapicheaban con sustancias de dudosa procedencia, aunque La Cloaka convertía lo ilegal en costumbre y las nedas pasaban de mano en mano como una patata hirviendo. Los dos chicos se sentaron de cara a una alargada barra, estaba pegajosa, húmeda y llena de platos y vasos. El mesero les colocó dos enormes jarras de cerveza con un estruendoso golpe que se perdió entre el jolgorio.

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—  Menudo sitio te has buscado para pasar la noche. Esto es un estercolero —  reprochó el más grande que poseía una recortada barba rubia, al contrario del otro chico que iba completamente rasurado.

—  ¿Tenías algo mejor? Siempre soy yo el que tiene que buscar los sitios para dormir y tú solo te quejas.

—  Mañana iré yo a por la comida.

—  ¡Claro! Irás porque te toca, pero no por hacerme un favor.

Mientras discutían y bebían el dorado brebaje, una sombra a su espalda los observaba desde la distancia. Se aproximaba cada vez más a ellos, lenta y silenciosa.

—  Parece que hemos despertado el interés de alguien – dijo el más pequeño agarrando el mango de su hoja.

— Ya era hora de que lo notaras — contestó el otro—. Llevo en guardia desde que entré en este tugurio.

Arma en mano, ambos chicos se dieron la vuelta. Dos grandes ojos azules y una piel roja como el sol les cegó por completo. El menor dejó escapar el aire de sus pulmones como si el alma se le escapase entre sus labios. Tan solo pudo pronunciar una palabra que fue apenas un susurro.

—  ¿Meri?

La rusalka asintió al borde de las lágrimas y los tres se fundieron en un abrazo.

—  ¿Qué demonios haces aquí? —  Preguntó el mayor con una sonrisa de oreja a oreja.

—  Es una larga historia, Varian. Me alegra tanto de veros, pensaba que habíais muerto en el incendio.

—  Mírame la cara – dijo el menor señalando la mitad marcada de su rostro — . ¿Te parece este el rostro de un muerto?

—  Con lo guapo que eras, Timmy —  bromeó Merigold.

—  ¡Oye! Y sigo siéndolo —  los tres estallaron en carcajadas.

—  Por cierto – dijo Varian —  ¿Dónde está tu hermana Dilia? —  Aquella pregunta hizo que la rusalka levantara una ceja.

—  ¿No os habéis encontrado con ella?

Los dos chicos negaron con la cabeza. Eso significaba que su padre nunca le encomendó la misión a Dilia y, conociendo lo manipulador y despiadado que podía llegar a ser, seguro que su hermana estaba en graves apuros.

—  Chicos, tenéis que salir de aquí. No puedo contaros lo que está sucediendo, pero será mejor que os larguéis.

—  Podemos ayudarte, Meri, dinos lo que tenemos que hacer. Será como en los viejos tiempos.

—  Sí, Meri, tú mandas.

La cabeza de Merigold comenzó a trabajar a toda velocidad. Con la ayuda de Varian y Timmy quizás serían capaces de escapar de aquel lugar. Necesitaba a esos muchachos que antaño fueron como sus hermanos.

—  Creo que hay algo que podemos hacer. Varian, ¿aún sigues fabricando «regalos especiales»? – preguntó refiriéndose a los explosivos que construía de niño.

—  Por supuesto, tengo uno gigante en la carreta – contestó señalando la entrada con el pulgar.

Después de muchos años, la rusalka volvió a sonreír.

—  Vamos a necesitarlo.


Merigold citó a los dos chicos en un callejón cercano a la taberna para explicarles el plan; Varian se encargaría de dejar el artefacto en un rincón del establecimiento con una mecha encendida, la explosión armaría un gran revuelo en el local y atraería la atención de la mayoría de asesinos que protegían al hombre enmascarado. Mientras tanto, Merigold y Timmy se colarían por los tejados de enfrente hasta llegar a la ventana que daba a la habitación del hombre y rescatarían a Dilia y, de paso, clavarían una daga en el negro corazón del cruel padre adoptivo.

El plan trazado por la rusalka era un auténtico suicidio, según Timmy, pero podría funcionar. Adicionalmente, Varian debía cumplir otra misión primordial, tener la carreta lista bajo la ventana por si necesitaban una salida de emergencia. La fe que profesaban los dos humanos hacia la rusalka no tenía límites, irían al mismísimo infierno si ella se lo pidiese. Por suerte para ellos, eran amigos.

Una hora después, Merigold y Timmy esperaban pacientes su momento agazapados sobre la unión entre el tejado del edificio que iban a asaltar y el de una casa colindante.

— Oye, Meri — dijo el chico.

— ¿Sí?

— Espero que salga bien. No quiero volver a perderte.

Aquella afirmación dejó perpleja a la rusalka.

— Yo tampoco quiero perderos, Timmy. Sois la única familia que he conocido, aparte de Dilia. Ven – ambos se abrazaron — . Pronto estaremos todos juntos otra vez. Te lo prometo.

Un estruendo gigantesco dio el pistoletazo de salida, la rusalka vio como los vidrios de la taberna salían despedidos y los borrachos corrían por sus vidas como ratas huyendo del fuego. Muchos de los hombres del enmascarado salieron del edificio principal y atravesaron la calle para ver qué ocurría en el local. Los dos intrusos, aún en el tejado, se posicionaron a cada lado del ventanal. Timmy prendió la mecha de otro explosivo y alargó el brazo todo lo que pudo hasta pegar con resina el artefacto al cristal. En unos segundos la pólvora hizo efecto y un alarido de dolor se hizo eco junto a la explosión. La rusalka entró de un salto a la habitación aplastando las esquirlas bajo sus pies y Timmy la siguió sin dudarlo un segundo.

Uno de los asesinos del enmascarado se hallaba muerto en el suelo. Recibió de lleno el impacto de la explosión.

—   Vaya, no pensaba que una de mis hijas fuera a traicionarme – dijo el hombre con ironía apuntando a Dilia con su estoque. La rusalka estaba sentada en una de las sillas con las manos atadas al respaldo y custodiada por un hombre y una mujer con armadura —  . Aunque no es culpa tuya, está en tu naturaleza. Retorcida y ambiciosa.

—   ¡Dejadnos marchar! —  exigió la rusalka como ya hizo de niña en la botica de Francis el Tuerto.

—   ¿Por qué debería hacerlo, hija mía? Os lo he dado todo; una educación, un techo donde refugiaros, comida, agua y hasta sangre para saciar vuestro apetito. ¿Por qué queréis marcharos?

La rusalka miraba directamente a los desquiciados ojos color pardo del hombre. Le odiaba. Le detestaba. Las había hecho prisioneras durante demasiado tiempo.

—   ¡Estás loco! —  espetó Dilia desde el asiento.

—   Puede, pero sé algo que vosotras desconocéis —  dijo el enmascarado utilizando su espada para levantar el collar Dilia que portaba una reluciente gema esmeralda —  . Os morís de ganadas de conocer el secreto, ¿verdad?

Era cierto, el misterio de sus collares carcomía a Merigold y Dilia, no comprendían la obsesión que tenían por no quitárselos. Era instintivo como si formaran parte de ellas mismas.

 —   Voy a acabar contigo, bastardo. No dejaré ni las sobras, puedes quedarte con tu secreto —  contestó Meri con una frialdad que helo la sangre de Timmy y la de su hermana.

 —   Ves, ya eres como nosotros, Meri. Eres un auténtico monstruo. Pudiste abandonar La Cloaka en cualquier momento y decidiste no hacerlo. Decidiste quedarte y aprender. Ella te estorba, ¿no es cierto? – preguntó dirigiéndose a Dilia —  . Es débil y tú lo sabes. No está a tu altura. Empecemos de nuevo, hija mía. Juntos aprenderemos a desatar tu auténtico poder.

—    Dame tu espada —  dijo Merigold a Timmy sin apartar la vista del hombre enmascarado.

—    Meri…

—    Dame tu espada – volvió a repetir la frase haciendo énfasis en cada palabra. La rabia recorría su rostro carmesí. El humano le tendió la hoja y la rusalka la empuñó con firmeza.

—    ¿Quieres pelear? Nunca has ganado un duelo, hija. Yo no soy un borracho de los que asaltas con los pantalones bajados. No quiero hacerte daño.

La rusalka no contestó y se abalanzó sobre el hombre. El enmascarado hizo una seña con la mano a sus esbirros para que no intervinieran y empezó el combate. La velocidad a la que movían sus espadas era idéntica, bloqueaban y atacaban con una precisión letal, pero sin llegar a romper las defensas de su adversario. La espada de Timmy era más tosca, a diferencia del refinado acero del hombre que esgrimía su estoque con una maestría endiablada y esta no se hizo de rogar. Un quiebre inesperado. Un truco de viejo lobo le dio la victoria. Un tajo inesperado en el vientre, un golpe en la muñeca y una patada decantó el duelo a su favor. La rusalka cayó de espaldas sobre los cristales que la ventana había dejado. La chica notaba su sangre fluyendo por el suelo. Las esquirlas desagarraban su carne. Había perdido.

El hombre se volvió hacia Dilia. De un tirón arrancó el collar de su cuello y comenzó a caminar lentamente hacia Merigold. La barba marrón apenas podía cubrir la sonrisa de maniaco que recorría sus labios.

—    ¡Esta es la fuente de vuestro poder! Esto os hace únicas. Ansió ese poder, Meri. Lo ansío más que nada. Desde que os encontré en Soho ha sido mi único objetivo. No os torturaba por placer, lo hacía para desatar un mínimo de esa magia que os envuelve. Tú lo sabías todo este tiempo y no me lo dijiste, pero al fin lo he encontrado. Son estos colgantes. ¡Dime como usarlos!

—    No lo sé. No sé cómo funcionan – contestó Meri con lágrimas en sus ojos. Por un instante, recordó las atrocidades que ese hombre había cometido en sus cuerpos y no puedo evitar soltar un alarido de dolor.

—    Entonces tendremos que volver a los viejos métodos — dijo el hombre con cierta tristeza en su voz, pero dos nuevos gritos lo sacaron de su pesar. Los ruidos provenían de los secuaces que custodiaban a Dilia. Ambos estaban arrodillados ante ella con caras de absoluto terror.  Una estela verde se propagaba desde sus cuerpos hasta la boca de la rusalka, era como si les estuviera absorbiendo la vida misma. El hombre sonrió de satisfacción.

—    Al fin.

La rusalka desató sus ataduras y terminó de absorber a los dos pobres humanos que quedaron reducidos a dos cascarones inertes. La piel de Dilia comenzó a tornarse negra y su cuerpo se rompió en mil pedazos.

Merigold estaba completamente paralizada. Observaba estupefacta como su hermana se convertía en una masa negra con un rostro demoníaco. Una sombra enorme se alzaba lentamente siseando como serpiente. Un chillido infernal inundó la habitación y provocó que Timmy y el enmascarado hincaran la rodilla y se taparan los oídos. La sombra alargó unas manos sin forma definida y comenzó a succionar el alma de su padre adoptivo. Numerosos hilos verdes conectaban la boca del ser con el hombre que apenas podía reaccionar ante aquel ataque, sin embargo, no podía evitar contemplar con satisfacción aquella transformación, aquel despliegue de poder.

—    Vamos, Dilia, acaba con él – susurró Merigold.

Timmy se recuperó de la conmoción y cargó con el cuerpo de Merigold hasta la ventana. Como habían acordado, Varian les esperaba abajo con un carro repleto de diferentes suministros y dos caballos. La altura era considerable, aunque los sacos de fruta y harina amortiguarían la caída. Si moría esa noche, prefería hacerlo intentando salvar a su amiga.

Primero lanzó a Merigold que fue atrapada por Varian atenuando el golpe y luego saltó él. El aterrizaje fue desastroso, se golpeó de lleno la rodilla con uno de los bordes de la carreta, pero seguía con vida.

—    ¡Vámonos! – gritó Timmy doliéndose entre los sacos.

—    ¿Dónde está Dilia?

—    No pudimos rescatarla. Se… Se ha convertido en un monstruo.

—   ¿Qué?

—    ¡No hay tiempo! ¡Vámonos!

—    ¡Maldita sea! —  se lamentó Varian y fustigó a los caballos que comenzaron a mover pesadamente la carreta. Meri se encontraba inconsciente en un extremo del transporte.

—    ¡Meri! —  exclamó Timmy alargando el brazo todo lo que pudo para tocar su cara, no podía mover la pierna, tenía la rodilla destrozada —  ¡Meri! — La rusalka no contestó. Su piel ya no parecía tan brillante, el rojo se estaba apagando y su sangre manchaba los sacos de tela blanca. Los cortes que había recibido eran muy profundos.

Timmy lanzó una última mirada al ventanal por el que habían saltado y pudo ver varios tentáculos negros que se aferraban al marco. Les estaba buscando. Un destello verde salió despedido del edificio acompañado de un chillido ensordecedor. El humano apoyó la cabeza sobre un cesto de manzanas y, con aquella espantosa visión, se sumió en la oscuridad.


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