Volver al Codex Azímur 🌀


Ensarté mi espada plateada en el pequeño goblin alborotador y la saqué con tanta fuerza que salpiqué de sangre a todos los allí presentes. No quería hacerlo, pero era mi deber como guerrero de la luz.

—  ¡Volved al trabajo, escoria mágica! —  gritó uno de mis compañeros amenazando al resto de prisioneros allí presentes.

No nos habíamos alistado para esto. El Maestro de la Luz había llegado demasiado lejos. No es que tenga un especial aprecio por las criaturas mágicas de Azímur, pero aquel trato era excesivo.

No soy un caballero virtuoso como los estudiantes de Áblica, ni domino los elementos como los hechiceros de las tierras del norte. Tan solo soy un humilde humano que vivía en paz. Esta guerra racial que se extiende por Azímur nos está cambiando a todos y a mí el primero.

—  ¡Oye, Manfred! Parece que ya no disfrutas acabando con estos malnacido, ¿qué te aflige? —  preguntó mi amigo Thom, el cual conocía de toda la vida. Juntos nos alistamos a esta locura.

—  Nada, Thom. —  Nos sentamos sobre unas piedras del camino. —  Es solo que a veces no comprendo muy bien nuestro trabajo. Cuando éramos granjeros no tenía esta inquietud, el trigo no sufre y jamás maltratamos a un animal. ¿Te acuerda de Betty? Esa vaca loca vivió al menos cien años. —  Sonreí reposando mi espada sobre el pútrido suelo de Rádim.

—  Claro que me acuerdo. —  Thom soltó una fuerte risotada y me dio un golpe en el hombro. Thom era una enorme masa de músculos, tenía el pelo rapado y unas largas patillas. —  ¿Te ha dado por la nostalgia? No te preocupes, hermanito. Se te pasará. —  Thom se levantó de las rocas haciendo sonar la armadura plateada que portábamos y me ofreció su mano para levantarme —.  Que no se te olvide, estamos en el banco ganador.

Miré apenado su mano por unos segundos. Él siempre había cuidado de mí. Le miré a los ojos y acepté el ofrecimiento.

—  Espero que lleves razón, grandullón.

—  ¿A quién llamas tú grandullón? Soy de hueso ancho. —  Ambos nos echamos a reír y nos pusimos camino a la asamblea. Estaban a punto de traer una nueva remesa de esclavos.

Caminamos hacia un gran escenario. Sobre él se encontraba un pequeño y desgastado atril de madera y dos guerreros de la luz hacían de estatuas protectoras tras el soporte.

Una caravana de esclavos unidos por gruesas cadenas se agolpaba frente al escenario. Estaba custodiada por humanos armados con corazas grises, largas lanzas y desprecio en su mirada. La mayoría de esclavos eran seres mágicos de Azímur; orcos, goblins, nórbaks, gigantes y algún que otro mestizo formaban el grueso de la compañía.

—  ¿Crees que dirá el discurso de todas las semanas? —  me preguntó Thom.

—  Siempre dice lo mismo. Tiene la inteligencia justa como para no cagarse encima. —  Mi compañero rio por lo bajo.

Un pequeño humano con un casco en forma de calabaza subió al estrado. Iba ataviado con ropas elegantes rematadas en oro y plata. Comenzó el insulso discurso que había repetido durante meses y el cual ya me sabía de memoria.

— Estimada escoria mágica, mi nombre es Verduros el Usurpador y nos hemos reunido aquí para felicitar a todos los supervivientes. Trabajaréis día y noche para la mina, moriréis por la mina y os convertiréis en parte de ella. Es el mayor honor que unos monstruos como vosotros pueden tener…

A mitad del discurso, un hombre alto, moreno y con una brillante coraza argenta se presentó ante nosotros.

—  Saludos, guerreros de la luz. Nuestro señor requiere de vuestros servicios.

—  Saludos, guerrero de la luz. Con gusto serviremos —  contestó seriamente Thom asintiendo con la cabeza. Aquel gesto provocó una sonrisa de complacencia en el hombre.

— Debéis partir de inmediato a Roenik y supervisar nuestras actividades en el pueblo. Nuestro señor no confía en que la bruja pueda cumplir su misión.

—  ¿Qué misión? —  Pregunté inquisitivo.

—  Esa información solo le incumbe a nuestro señor —  dijo el guerrero afilando sus ojos. —  Lo único que debéis saber es que allí se está construyendo un artefacto de gran poder. Marchad cuánto antes e informad del estado del artilugio.

El guerrero se despidió dando un golpe en su reluciente coraza y diciendo « ¡Que la luz esté con vosotros!». Cada día odiaba más esas palabras.


El pequeño pueblo de Roenik se situaba al suroeste de La Cloaka. Era tan pequeño que muchos mapas obviaban su existencia y las lenguas hablaban de una maldición que pendía sobre sus habitantes. Supongo que por eso El Maestro lo eligió de entre todos los pueblos de Azímur para hacer sus experimentos. Además, su proximidad con Sélasor lo convertía en un punto de gran influencia mágica.

—  Menudo viaje —  dijo Thom mientras bajaba de su majestuoso caballo blanco —.  Tengo el culo tan plano que podrías usarlo de mesa.

—  No te quejes tanto. Solo ha sido una semana de viaje. Imagina hacerlo a pie como los esclavos que llevan a las minas —  contesté desmontando de un salto.

El pueblo constaba de unas casas de madera y piedra, una plaza mayor donde había una taberna y  una pequeña fuente hacía meses seca. Una catedral enorme desentonaba con lo austero del lugar, se situaba justo en medio del pueblo. Algo que me pareció realmente curioso fue que no había ni un alma en las calles. Supuse que el atardecer no era de agrado en ese lugar.

Life in Medieval Towns and Villages – Brewminate



—  ¿Hola? —  grité con la esperanza de que alguien contestara. Nadie lo hizo.

—  Espera, —  dijo Thom —. ¿Oyes eso?

Agudicé mis oídos y pude escucharlo. Unos pesados pasos metálicos se aproximaban hacia nosotros. Desenvainé la espada en un súbito instinto de supervivencia y me puse en guardia.

Ambos pudimos observar estupefactos a una colosal armadura negra doblar una de las esquinas. Venía directa hacia nosotros portando una gigantesca hacha en su mano derecha que emitía un fulgor azul.

Cuando estuvo a dos metros, el ser comenzó a hablar con una voz profunda y antinatural como si alguien se comunicara con nosotros a través de él.

—  Sed bienvenidos, caballeros de la luz, nuestro señor me advirtió de vuestra llegada. — Lancé una mirada cómplice sobre Thom que contestó con un gesto afirmativo y envainamos nuestras armas, aunque permanecimos alerta —.  Seguid a mi leal campeón hasta la catedral.

Los pasos de aquella mole de metal retumbaban y chirriaban como una puerta mal engrasada. Escudriñé las casas y pude advertir ojos temerosos en las ventanas. El pueblo no estaba deshabitado.

Los dos seguimos a la armadura negra hasta la guarida de su amo dentro de la catedral. El edificio estaba adornado con blasones del símbolo de la luz y numerosas gárgolas que parecían custodiar la entrada. No me gustaba toda aquella parafernalia supremacista de la luz, ya tenía bastante con verla cada día en Rádim.

Ya en el catedral, cruzamos un pasadizo que nos llevaba hasta las entrañas del pueblo. Nos encontramos por el con varios soldados humanos que nos saludaron cordialmente.

El túnel desembocaba en una gran sala repleta de columnas donde se encontraba una mujer y un séquito de soldados. Ninguno era un guerrero de luz, todos eran simples reclutas humanos deseosos de probar la sangre de los seres mágicos. Podía comprender su entusiasmo, yo también había pasado por eso. Aunque si me preguntaran ahora, diría que fuimos vilmente engañados.

Un enorme artefacto se podía ver en el fondo de la estancia. La estructura constaba de un semicírculo con soportes en la parte inferior que alzaban la plataforma varios metros del suelo. Dos agujas de plata sobresalían de la parte superior.

Al acercarnos un poco más a nuestra anfitriona, pude ver que se trataba de una de las bellas rusalkas. Hermosas, embaucadoras y singulares. Su piel blanquecina era completamente tersa y sus ojos marrones nos repasaban de arriba abajo una y otra vez. Unos pequeños cuernos sobresalían de su pelo castaño e iba ataviada con un vestido verde de remates negros, una pequeña tiara que adornaba su cabeza y un colgante de un intenso fulgor verde que pendía de su cuello llegando a unos firmes y turgentes pechos.

— Bienvenidos a mi humilde morada, guerreros de la luz—  dijo la mujer sonriente.

—  Saludos, señorita… —  dijo Thom esperando que la rusalka acabara la frase.

—  Énerit. Mi nombre es Énerit, Thom el Basto. Veo que te acompaña Manfred el Piadoso. Una pareja inseparable. —  La bruja se había informado. —  Y decidme, ¿qué parte queréis inspeccionar primero? —  dijo con una sonrisa pícara.

Me adelanté a mi amigo. —  Parece que ya están las cartas sobre la mesa, señorita Énerit. El Maestro nos envía a conocer el estado de la estructura. ¿Estará lista en los plazos?

—  Sí. Este pueblo ofrece el material necesario para probar el poder del artefacto. ¿Os han contado en qué consiste? —  Preguntó volviendo a dibujar esa malvada sonrisa en su rostro. Se estaba burlando de nosotros.

— No —  contestó secamente Thom. —  Tampoco somos dados a las intrigas. Nuestra misión es clara y concisa. ¿Podrías demostrar tu avance?

—  Por supuesto. Lo tenéis ante vuestros ojos. —  La rusalka acarició el metal del coloso que controlaba. —  Este soldado reanimado es la prueba viviente de que el artefacto funciona, pero no está completo. Le falta algo. Observad.

Énerit ordenó a dos soldados traer un par de humanos. Por sus ropas, se podía adivinar que eran lugareños de Roenik. Tenían la mirada perdida y andaban de forma automática como si alguien los estuviera controlando. La gigantesca armadura levantó su hacha de fulgor azul y comenzó a absorber la esencia de los dos sujetos entre aullidos de dolor y convulsiones. Una luz verde salió del cuerpo de ambos humanos y penetró en la armadura que comenzó a vibrar y a resquebrajarse.  Thom y yo miramos atónitos aquel grotesco espectáculo.

Énerit sonrió.

—  El artefacto funciona al igual que el arma de mi súbdito, pero a una escala superior. Los colosos aún no están listos para guardar almas, pero, cuando el objeto esté finalizado, podrá absorber la esencia de un pueblo entero y almacenarla para nuestro señor. ¿Están conformes los señores con el avance?

La cara de Thom no tenía nombre. Habíamos hecho cosas terribles en las minas, cosas de las que me arrepiento enormemente, pero aquello era demasiado. El Maestro quería cosechar humanos como si fuéramos grano y almacenarnos en un molino para sus depravados propósitos. Había tenido suficiente.

—  ¡No puedo permitir esto! —  exclamé desenvainando mi espada —.  Mi deber es proteger a los humanos de criaturas como tú.

Énerit rio de forma desquiciada haciendo retumbar toda la sala con aquel sonido tan estridente —.  No recordaba lo sentimentales que erais los humanos. Solo sois un mero instrumento de El Maestro.

La bruja levantó una de sus enjoyadas manos y unos pequeños hilos de color verde brotaron de sus finos dedos hacia nosotros. Thom levantó la espada e invocó un pequeño escudo luminoso para protegernos.

— ¡Bruja! No nos tomes por unos simples soldados de tres al cuarto. Fuimos imbuido por la luz —  gritó furioso mi compañero.

El escudo estalló cegando tanto a la rusalka como a los soldados humanos que la acompañaban. Aquello nos dio unos segundos para guarecernos tras una de las enormes columnas.

—  De todas las criaturas de Azímur —  comenzó a decir Énerit lentamente —,  el humano es el más peligroso, arrogante, impulsivo y vanidoso que existe —  escupía cada palabra con asco, como si pronunciarlas le produjese una terrible repulsión —.  Vosotros mismos habéis causado la ruina de estas tierras. Sois el auténtico mal, pero El Maestro va a solucionar eso. Va a iluminar a cada hombre y mujer con su inmenso poder. Un nuevo líder se alza, guerreros de la luz. Una sola mente y un único propósito. No habrá más guerras. No habrá más conflictos. Los crueles impulsos no volverán a devastar este mundo. —  La bruja lanzó otro rayo de ira que derrumbó por completo una columna. No era el pilar indicado —.  ¡Encontrad a esos malnacidos y traedme sus cabezas!

Volvimos rápidamente por el túnel mientras que escuchábamos a nuestras espaldas los pasos de los soldados. Mis piernas funcionaban a toda su capacidad y mi corazón latía a la velocidad del relámpago.

Salí del túnel encontrándome con la oscura sala de la catedral. No veía a Thom por ningún sitio. Iba justo detrás.

— ¡Thom! ¿Dónde estás? —  pregunté vaciando mis pulmones.

Una intensa luz en la penumbra del túnel me hizo retroceder. Thom salió apresurado y jadeando.

—  He conseguido retrasarlos, pero no por mucho tiempo. Vámonos de aquí, hermano.

Dejamos la catedral atrás, sin embargo un comité de huida nos aguardaba en la plaza. Numerosos humanos pálidos y con pústulas en la piel nos esperaban armados con cualquier utensilio de cocina que cortara lo suficiente. Algunos tenían espasmos involuntarios y otros lanzaban gritos guturales, pero todos tenían esa mirada perdida. Habían dejado de ser humanos hacía mucho tiempo.

Otro coloso distinto con una armadura color malva atravesó la puerta de la catedral y levantó su gigantesca hacha hacia nosotros.



—  ¡Guerreros de la luz! —  comenzó a hablar la armadura con palabras de otro —. ¿Os gusta mi ejército personal? He perfeccionado la servidumbre eterna, solo escuchan mi voz y han perdido la propia. Los he bautizado como doblados. Rendíos ahora y obtendréis una muerte honorable. De lo contrario, os convertiréis en marionetas como el resto.

Alzamos nuestras armas. Cobraríamos cara nuestra piel.

—  Ha sido un placer luchar a tu lado, Thom —  dije en un susurro.

— Igualmente, amigo mío. Llévate a tantos como puedas. Prefiero que mueran ante mi espada a que sirvan a esa bruja chiflada. ¿Doblados? ¿Qué clase de nombre es ese?

Unas precisas dagas comenzaron a caer de los tejados matando a varios doblados y creando el caos en el resto. Una voz femenina se escuchó por encima de todas —  ¡Sombras! Acabad con los humanos. Yo me encargo del coloso.

Cada vez más doblados se acercaban a la plaza del pueblo movidos por el fragor de la batalla y la voluntad de Énerit. Thom y yo nos defendíamos de los humanos poseídos con solvencia, mientras que las Sombras cortaban cuellos con una habilidad impresionante. Estos últimos iban ataviados con unas largas capas negras y cubrían su rostro con capuchas.

A pesar de nuestros esfuerzos, los doblados eran demasiados. Dos Sombras cayeron acuchilladas brutalmente y otra más estuvo a punto de correr la misma suerte, pero logré impedirlo.

—  ¿Hay alguna forma de parar a estas cosas? —  le pregunté tras parar una estocada y esquivando un hacha de matarife que se dirigía directamente hacia a mi cabeza.

—  No. La muerte es la única forma de salvarlos de su maldición —  contestó con voz femenina.

Una bufanda cubría su rostro, pero pude advertir unos preciosos ojos azules que me miraban con rabia contenida. Los ojos de una auténtica guerrera.

De pronto, una explosión me sacó de mi ensimismamiento. El coloso alzaba su hacha azul hacia el oscuro cielo de Azímur y se preparaba para asestar un golpe mortal a la líder de las Sombras.

Otra figura, mucho más pequeña que el resto, se interpuso entre ambos. Era un enano. —  Tendrás que pasar por encima de mi cadáver, hojalata —  dijo. Hubo tanta confianza en sus palabras que el coloso detuvo su devastador ataque.

—  Patético —  pronunció con la metálica voz de la bruja. De un poderoso golpe de su mano apartó al enano.

—  ¡Dránim! —  exclamó la líder de las Sombras. Se despojó de su capucha y unos largos cabellos rojos cayeron tras la capa —.  ¡Sombras! ¡Retirada! — ordenó la misteriosa mujer y, mirando fijamente al coloso, dijo con furia— : Ya nos veremos las caras, bruja.

La mujer de ojos azules se acercó a mí y me susurró al oído —  Venid a la primera casa del pueblo a la izquierda. —  Dio un prodigioso salto y se marchó haciendo acrobacias por los tejados de Roenik.

Logramos escabullirnos de los doblados y el coloso que parecieron no dar mayor importancia a nuestra pequeña rebelión en el pueblo.


Acampamos cerca del camino que iba desde La Cloaka hasta Roenik. Una pequeña arboleda nos sirvió de refugio provisional.

—  ¿Qué hemos hecho? —  preguntó retóricamente Thom mientras miraba la fogata sin pestañear, aunque sabía perfectamente que la habíamos cagado a base de bien.

—  Hemos hecho lo correcto, amigo mío. No podemos continuar con esta locura, hemos estado demasiado tiempo cegados por la luz.

—  ¿Lo correcto? —  Hizo una larga pausa —.  Todos estos años he pensado que estaba en el bando de los buenos, Manfred. Que todo este sacrificio era necesario. Ya… Ya no sé qué pensar. —  Estaba completamente abatido.

—  ¡Nos engañaron! Hoy hemos recuperado la libertad. Alégrate, Thom —  intenté animar en vano a mi mejor amigo.

—  Puede que El Maestro nos mintiera o que nos utilizara, sin embargo yo era feliz. Tenía un buen amigo, un puesto respetable, comida caliente en la mesa y un propósito.

—  ¿A cambio del sufrimiento ajeno? Cada vez que alzaba mi espada contra las indefensas criaturas mágicas de las minas, me repugnaba a mí mismo —  dije desenvainando la espada y soltándola con desprecio. —  Nos convirtieron en armas. Nos quitaron la humanidad. Nos arrancaron de nuestros hogares. Siempre decimos que nos alistamos, pero es que no nos dieron más opción. —  Thom no contestó. Se limitaba a mirar el fuego con la mirada vacía. Mil pensamientos rondaban su cabeza al mismo tiempo.

Lancé un largo suspiro de compasión.

—  Será mejor que durmamos algo, el día ha sido muy largo.

Esa noche no pegué ojo.



A la mañana siguiente, nos dirigimos hacia la casa que la guerrera de ojos azules me había indicado. La primera a la izquierda.



Nos aseguramos de que no hubiera guardias ni doblados por los alrededores y nos acercamos a la puerta.

Toc. Toc.

Una capucha con brillantes ojos azules entreabrió la puerta de madera.

—  Espero que no os hayan visto. Pasad.

La noche había afectado a Thom de sobremanera. Había perdido su sonrisa y el carácter alegre que le caracterizaba. Andaba con desgana, como si hubiera perdido las ganas de seguir luchando. Fue un golpe demasiado duro, incluso para él.

—  ¿Qué hacen estos aquí? —  preguntó la líder pelirroja sacando una de sus dagas del cinturón. Llevaba una cicatriz que surcaba de arriba abajo su ojo derecho.

—  Hemos venido a ayudar —  contesté levantando las palmas de las manos hacia la mujer. Envainó.

La casa constaba de un gran salón con muebles de madera donde se encontraba un arsenal con armas de toda índole, una cocina improvisada y un piso superior con habitaciones.

Alguien bajó lentamente las escaleras, era el enano que recibió el impacto del coloso. Cojeaba de su pierna izquierda y llevaba el brazo derecho con un cabestrillo.

— Dránim, debes descansar —  dijo otra Sombra con voz femenina.

—  Estoy bien. He escuchado voces desconocidas y he bajado a ver qué estaba ocurriendo.

—  Bueno, pues ya estamos todos —  afirmó la líder. —  ¿Cómo podéis ayudarnos, forasteros?

—  Mi nombre es Manfred el Piadoso y mi compañero es Thom el Basto. Hemos sido engañados por la luz y El Maestro. Queremos enmendar nuestros errores del pasado.

Hice una breve pausa y me di cuenta de que había estado todo el rato mirando al suelo. Me arrepentía. Levanté la vista y posé mis ojos sobre los de la líder que me observaba un poco desconcertada. Me estaba juzgando. Yo también lo haría.

—  Si nos lo permiten, nos uniremos a su misión, aunque nos cueste la vida.

Me arrodillé en señal de sumisión y Thom me imitó torpemente. Ya no sentía su presencia, su cáscara estaba ahí, pero estaba completamente vacía. Me recordaba a los siervos de la bruja.

La mujer estuvo unos segundos meditando en completo silencio.

—  De acuerdo. Levantaos, no me gustan los formalismos. Hemos perdido un par de guerreros en la refriega de anoche, nos vendría bien cualquier espada amiga. Mi nombre es Hóllow. —  Nos dio la espalda —.  Preparaos. Esta noche saldremos de caza.


El sol abandonaba el cielo de Azímur. Salí de la habitación donde me hospedaba con el destrozado Thom. Estaba preocupado por él, no había comido nada y no había pronunciado una sola palabra.

Enfilé el pasillo superior, pero la voz de Hóllow me detuvo. Hablaba con el enano en otra de las habitaciones. Los escuché atentamente tras la endeble puerta de madera.

—  No confío en ellos, Hóllow. Fueron agentes de la luz, puede que nos estén espiando. No podemos fracasar en esta misión.

—  Lo sé, Dránim, lo sé. Nos estamos jugando mucho. Debemos encontrar a esa maldita rusalka y llevarla ante el consejo. Los sabios de Négacar deben conocer lo que está sucediendo aquí. Es… inhumano. No te preocupes por esos dos. Tendré preparada una daga con su nombre.

—  Los usaremos de cebo para sacar a la bruja…

«Maldita sea» pensé, «Vamos de mal en peor».

Alguien me agarró por la espalda.

—  No está bien espiar, Manfred el Piadoso. —  La voz de una mujer.

—  No estaba espiando —  contesté zafándome y dando la vuelta. No llevaba la capucha puesta y pude apreciar mejor sus facciones. Era pálida, rubia y muy delgada, tenía los rasgos realmente marcados, una nariz pequeña y unos labios finos. Todas esas características hacían resaltar aún más sus fríos ojos azules.

—  Haré como que no te he visto —  dijo la chica.

—  ¿Por qué me ayudas? —  pregunté extrañado.

Miró hacia un lado pensando en la respuesta. Después sonrió. Tenía una sonrisa preciosa.

—Es complicado. El mundo está cambiando, Manfred. Siempre ha habido peleas en Azímur, rencillas que se acaban saldando con una o dos muertes, pero esto es distinto. La guerra va a estallar, un ejército se está formando en Rádim y tú lo sabes. —  Hizo una pausa y apartó de nuevo la vista. —  Yo… Yo solo intento hacer lo correcto.

No sabía muy bien qué decir.

—  Gracias, ¿cuál es tu nombre?

—  Iris.


Esa noche marchamos hacia la catedral de la luz. La oscuridad ocultaba la presencia de las Sombras. Thom y yo nos colocamos en el centro de la plaza mirando hacia el gran portón de la catedral donde un coloso diferente de color azul oscuro nos esperaba.

—  ¡Énerit!—  grité -. Yo soy Manfred el Piadoso, el humano que te reta. Sal de tu escondite y luchemos. – Clavé mi pesada espada en el suelo desafiante.

Inesperadamente, un acero brotó de mi torso.

Sabía quién era con tan solo ver la punta plateada de la hoja. La sangre se congeló en mis venas por unos instantes, el tiempo se detuvo y mi corazón se aceleró intentando huir de la inevitable muerte.

—  Lo siento, hermano. No me has dejado otra opción —  me susurró Thom al oído.

Arrancó su espada de mi espalda y me arrodillé sin fuerzas.

—  ¿Por qué? —  pregunté escupiendo un borbotón de sangre y aferrándome a mi espada clavada en el suelo. —  Íbamos a ser libres.

—  Te he liberado, amigo mío. En la otra vida todos somos parte de la luz. La voluntad de El Maestro se cumplirá en este mundo tal y como ordene. No somos nadie para interferir en el gran plan.

—  ¡Eres un cobarde! —  grité con mi último aliento.

—  No. Yo he aceptado mi realidad y tú has sido incapaz de hacerlo. ¡Sombras! – exclamó mirando los tejados—.¡Abandonad este lugar. No hay nada para vosotros en este pueblo maldito!

Pude ver de reojo cómo las Sombras abandonaban sus posiciones. El plan había sido un fracaso y ahora conocían dónde se escondían.

Notaba cómo la vida se me escapaba con cada latido apresurado.

Oscuridad.



—  ¡Despierta, mi fiel siervo! —  La voz de la bruja sonó en mi cabeza. Abrí los ojos —.  Buen trabajo, Thom. Tu amiguito se convertirá en el guerrero definitivo. —  Estaba en la sala de las columnas junto al artefacto. Pude ver numerosos colosos destruidos, a Énerit y a Thom —.Sí. Esto era lo que al resto le faltaba. Un alma poderosa. Un espíritu luchador —. No podía moverme, solo escuchaba la malvada voz en mi cabeza —. Ahora, Manfred. ¡Obedece! — comencé a desplazarme involuntariamente con pesados pasos metálicos. Ella dominaba cada una de mis acciones—.  Acepta tu servicio eterno y regocíjate. Serás mío hasta que dejes de ser útil, caballero maldito, serás fiel al plan de El Maestro te guste o no. —La risa histérica de Énerit resonaba estridente en mi cabeza. La locura se apoderó de mí, pero el golpe más duro llegó cuando vi a Thom, mi inseparable amigo, abandonarme a mi suerte en aquella fría catedral sin siquiera mirar atrás.

FIN


Volver al Codex Azímur 🌀