La niña caminaba a través de la ciudad en llamas. Observa el fuego con cara extraña desde el centro de la calle. El elemento destructivo mantenía vivo el paisaje. Muchos hombres con antorchas continuaban avivando la poesía en pro de un bien mayor, les fascinaba ver arder las casas de madera y escuchar los gritos de desasosiego. Otros hombres apagaban la magia con baldes de agua y ayudaban a escapar a los menos favorecidos. Otro grupo reconstruía, sobre las cenizas de los incendios, los hogares derruidos haciéndolos más fuertes y resistentes.

La niña se detuvo a contemplar lo raro de la escena, entre sus manos portaba una caja. El arca era de una belleza sin igual, tenía adornos e incrustaciones de toda clase. El material con el que estaba hecho era de plata y, sobre la cerradura, las palabras “Ningún hombre, mujer o niño debe abrir esta caja” brillaban con un tono dorado provocador. Cuatro pequeñas patas de oro asomaban en la parte más baja y las esquinas estaban rematadas con esmeraldas talladas. Solo había una entrada a la caja, una hendidura con forma de “F”, la misma silueta que colgaba del cuello de la portadora. La única llave que abriría el secreto.

Los hombres y mujeres del pueblo continuaban con su ardua e incansable tarea. Parecía no tener fin, un bucle de destrucción y restauración. La humareda ya era incontenible y opacaba el sol de la mañana y las estrellas de la noche. Las risas de júbilo se mezclaban con los bramidos de agonía en una danza infinita, como si ambos sonidos fuesen dos bailarines enzarzados en un glorioso número ensayado durante décadas. Los nuevos habitantes de la ciudad entraban rápidos en la dinámica y no preguntaban «qué», ni «por qué». Tan solo agarraban un cubo, una antorcha o un martillo para seguir la labor que otros dejaban. Los muertos servían de abono para nuevas personas que lloraban unos segundos la pérdida y acuñaban alaridos de dolor que se perdían entre la humareda.

La niña solo podía mirar y sostener la caja entre sus delicadas manos, no podía hacer nada por parar el ciclo, aunque una idea pasó por su joven mente. Levantó la caja en alto para que todos pudieran verla.

Al principio, no hubo reacción alguna, pero poco a poco los ojos curiosos se posaron sobre el artefacto reluciente. El fuego dejó de crepitar, el agua de fluir y el martillo de sonar. Los habitantes de la ciudad se acercaron poco a poco cegados por una luz diferente. La paz se instauró por unos instantes y fue tan fugaz que algunos ensordecieron ante el silencio. De nuevo, las facciones comenzaron su disputa, aunque esta vez era por la caja; unos querían abrirla, otros deseaban venerarla y los últimos expulsarla. Ahora eran ellos mismos los que ardían sobre las antorchas, se ahogaban bajo el agua o morían subyugados por el martillo ajeno. Nada había cambiado en la ciudad y eso entristeció a la niña. Aquellos hombres y mujeres eran incapaces de dar su brazo a torcer.

El conflicto llegó a magnitudes extremas y los cadáveres recorrían las calles amontonados juntos a las cenizas de los hogares antaño maltratados y que ahora disfrutaban de una relativa paz. Los hombres del fuego demandaban abrir el arcón y ver su interior, de seguro habría riquezas y conocimiento. Los hombres del agua pensaban en la niña como una mensajera que debía aplacar sus instintos más destructivos y conducirlos a la prosperidad, el misterioso baúl no debía ser abierto. Los hombres del martillo solo deseaban acabar con ella y con su caja para continuar el ciclo de odio y restablecer el orden.

Los señores del martillo, que con tanto esmero reconstruía su imperio una y otra vez, vencieron la disputa y decidieron sobre el destino de la forastera. Construyeron una torre gigantesca usando los materiales de la ciudad calcinada, la cual no podía ser pasto del fuego, y desde allí lanzaron despiadados a la niña sin importar el contenido de su tesoro. La pequeña obtuvo un destino nefasto. Los señores del agua se sintieron profundamente apenados por la pérdida de su salvadora y guardaron sus restos como muestra de respeto, un recordatorio de la atrocidad allí cometida. Los señores del fuego tomaron la llave, ansiaban conocer lo que había dentro y usar su poder, hacer ver al resto que la destrucción era el único camino y que la fe obstruía su deseo de un mundo mejor. Tras abrir la caja y ver su contenido, la arrojaron a un lugar donde nadie más pudiera saber lo que contenía. Ninguno de ellos obtuvo de la niña lo que esperaba; ni poder, ni salvación, ni conocimiento, sin embargo, les fue otorgado algo más valioso.

La torre se deshizo entre lágrimas y las tres facciones continuaron su ancestral cometido, pero algo en ellos había cambiado. La niña los había cambiado. Numerosas dudas se alzaron en sus mentes como nubes que empañaban lo que en su momento creyeron como justo o razonable. Durante unos segundos, estuvieron de acuerdo en una sola cosa, aquella pequeña no pertenecía a ese mundo. Un hilo que los unió y los distanció aún más si cabe.

Los actos de ese día quedaron grabados para siempre en el corazón de todos los hombres y mujeres de la ciudad en llamas cual estigma imborrable.