AVISO

Antes de comenzar esta historia, el lector debe saber que Mortown no es una obra para todos los públicos. Si eres sensible a la violencia explicita, será mejor que no continúes la lectura. En caso contrario, Mortown ofrecerá sangre, asesinatos y palabras malsonantes, a todos aquellos que se atrevan a adentrarse en sus oscuras calles.

Quedas advertid@. 🔞


– Entonces… ¿Me cargo a la chica y se acabó?, ¿Eso es todo? – Preguntó extrañado.

– Sí, Jimmy, eso es todo. No habrá más encargos ni más amenazas. Serás libre de ir a donde quieras – respondió un hombre de avanzada edad y afiladas manos que acariciaba su brillante anillo de oro. Estaba sentado en un sillón de cuero y entre ellos se hallaba una mesa color ocre llena de dosieres amarillos y rojos.

Jimmy era un hombre de acción, un asesino a sueldo enfundado en una gabardina negra que aterrorizaba y protegía las noches de Mortown. Su aspecto era de lo más siniestro, tenía el pelo corto moreno, un porte de guardaespaldas y siempre lucía un impoluto afeitado, quizás fuera para mostrar las numerosas cicatrices que poblaban su cara o por la violencia que sufrió a manos del cura Miller, el cual le obligaba a rasurarse con ocho años mientras el pervertido se masturbaba en la sala contigua.

Como fuere, ahora Jimmy sacaba la basura de la ciudad en forma de cadáveres apilados en los muelles. Malvados violadores, santurrones sedientos de poder o prostitutitas extranjeras eran sus objetivos preferidos, aunque no siempre arrancaba los corazones que deseaba. Estaba sujeto a unas leyes que lo ataban de pies y manos. Si por él fuera, purgaría toda la ciudad de la escoria que se hacinaba en las calles como ratas pensando en como ganar unas monedas a cambio de vender sus almas. “Este sitio está podrido” pensaba cada noche en la soledad de su apartamento.

Jimmy miró el dosier amarillo desde su silla y pudo ver la foto de una niña de apenas nueve años.  Tenía el pelo moreno, los ojos claros y la sonrisa afable. Un semblante de repugnancia se plasmó en el rostro del hombre.

– ¿Por qué me miras con esa cara de asco, Jimmy? Parece que fuera tu primera vez. No eres el único exterminador, ¿sabes? puedo encargarle el trabajo a otro – dijo dedicándole con una mueca maliciosa y dejando ver sus amarillentos dientes. Su piel era pálida y su complexión extremadamente delgada. No tenía barba ni cabello, de hecho, no tenía ni un solo pelo en la cabeza. Sus ojos eran de un azul tan claro que casi se mimetizaban con la esclerótica blanca. Vestía un impecable traje negro y llevaba un pin plateado en la solapa con la forma de un reloj de pared. 

– No, es solo… – hizo una pausa que duró una eternidad. Aquella foto le recordó a alguien muy querido para él. -Nada. Me lo quedo.

– Muy bien, Jimmy. Lo estás haciendo muy bien. Eres el mejor exterminador que tengo, confío en tus habilidades para completar este delicado trabajo. No tengas compasión.

– Es una simple niña, Cronos. – Cronos no era su nombre auténtico,  pero se desconocía su nombre real.  Su obsesión con el tiempo le había llevado a adoptar ese apodo. Cronos decidía cuando moría persona en Mortown.

– No te confíes. Las apariencias engañan. ¡Mírate! Cuando te encontré no eras más que un pobre y asustado monaguillo de la iglesia de Saint Christ. Tuve que atravesarle el cráneo con un crucifijo al bueno del padre Miller para sacarte de ahí. Ahora te has convertido en el héroe de esta gran ciudad. Estoy muy orgulloso de ti.

– Me convertiste en un puto asesino, cabrón. En un títere. Pronto escaparé de tus jodidos hilos y no volveremos a vernos. – Cronos rio. Su fuerte no era la cordura mental.

– Tiempo al tiempo, volverás arrastrándote y yo te acogeré de nuevo entre mis dulces brazos, pequeña máquina de matar – comenzó a reír a carcajadas como un auténtico lunático.

Jimmy arrugó el gesto y se levantó violentamente del asiento. Lanzó una última mirada de desprecio a Cronos y se marchó de la sala dando un portazo. Aquel hombre lo había salvado de una vida terrible y traumática, eso era cierto, pero le había condenado a un destino peor que la muerte.

Jimmy caminaba silencioso  por las lúgubres calles de Mortown. La noches en aquella ciudad olían a perversión y pecado, un hedor tan penetrante que había hecho mella en Jimmy. De hecho, le estimulaba, el simple pensamiento de dejar de oler a orina y a alcantarilla por unos minutos, le excitaba más que las piernas de cualquier dama.

Observaba cuidadosamente a los hombres y mujeres que se cruzaban en su camino. Nadie escapaba de su juicio moralista. Imaginaba a esos seres repugnantes como auténticos demonios traídos del infierno. Pocos se salvaban de una muerte inventada en la mente de Jimmy.

Llegó a un portal. Un bloque de adosados rojos cerca de la carretera. El marco estaba reventado y las alimañas campaban a su anchas por las escaleras previas a la puerta. Un número, el tres, se alzaba orgulloso entre tanta inmundicia, parecía un soldado moribundo ondeando victorioso la bandera tras una dura batalla. La puerta estaba entreabierta.

Jimmy se enfundó unos guantes de cuero negro y cargó su revolver, realizaba aquellos movimientos como un ritual, como si lo hubiera hecho miles de veces. Respiró hondo y, al espirar, el vaho se hizo patente, un recordatorio tétrico de las gélidas noches de Mortown. Apartó a las ratas con un fuerte pisotón para abrirse camino hacia el edificio.

Asomó un ojo por el marco y poco a poco fue abriendo la puerta. La casa estaba oscura, pero la luz de las farolas iluminaba lo suficiente como para ver que no había nadie. Jimmy entró en un salón revuelto con todo tipo de muebles desperdigados por el suelo. Cristales rotos crujían bajo sus botas y un par de jeringuillas usadas reposaban sobre una mesa improvisada que estaba cerca de un sofá con los muelles a la vista. La cocina, si a eso se le podía llamar cocina, estaba destrozada. El frigorífico vacío parecía una canoa sobre la que surfear entre los escombros.

– ¿Qué cojones es esto? – dijo Jimmy en voz baja. Unas escaleras hacia el piso superior se presentaban ante él. Allí abajo no había nada más que ver. 

Jimmy subió las escaleras con cuidado, no quería hacer ruido. Sus pasos se deslizaban por los escalones con agilidad gatuna. A pesar de su porte, Jimmy sabía como pasar inadvertido. Sus años de peculiar servicio a la comunidad le habían convertido en un auténtico fantasma. Aferró fuerte el revolver y, con un quiebre de las escaleras, alcanzó el piso superior. Agudizó su oído y pudo captar unas voces de ultratumba que se escondían al fondo del oscuro pasillo, las acompañaba un gemido tenue casi apagado.

Avanzó por la planta ignorando las habitaciones que flanqueaban el pasillo y fue directo a la fuente del ruido. Lo que encontró allí le causó una profunda repulsión. Dos yonquis estaban forzando a una niña bajo la tenue luz de una lámpara. La pequeña tenía los ojos vendados y una mordaza oprimía sus gritos hasta convertirlos en débiles quejidos suplicantes. Sus manos estaban atadas a un cabecero y se retorcía desnuda sobre un colchón mohoso. Jimmy no pudo mirar fijamente aquella escena. Una arcada hizo acto de presencia en su garganta y el estómago le dio un vuelco. Tenía trabajo que hacer.

Uno de los hombres descansaba en una silla de madera preparando otro chute y el otro empotraba violentamente a la niña contra el colchón. Jimmy agarró del cuello al primero, y lo levantó a plomo de la silla con una mano « Mi revolver es más pesado que esta escoria» pensó. Apretó su garganta hasta que sonó un crujido atronador. El violador no tuvo tiempo ni de procesar lo que estaba sucediendo, murió con incredulidad en su rostro. Lo dejó caer de nuevo sobre la silla , « Espero que en el infierno tengan un asiento especial para ti, hijo de puta».

El otro tipo ni se percató de la muerte de su compañero y continuaba su asquerosa faena. Jimmy agarró al drogadicto y lo empujó contra la pared más cercana, sacó su revolver y empezó a golpearlo con la culata en la frente. La sangre empapó un rostro de rabia mientras que el yonqui suplicaba el perdón. El exterminador no paró de aporrear el pálido rostro del hombre hasta ver una diminuta parte del cerebro reseco. Incluso después de muerto, sus labios aún dibujaban un “Lo siento”. Cayó como un saco de huesos al suelo. Esos dos ya estaban condenados antes de la llegada de Jimmy, el exterminador solo aceleró lo inevitable.

– Espero que hayáis aprovechado vuestro último polvo, cabronazos – dijo guardando el revolver en el pantalón. Se acercó a la niña y la desató de sus ataduras, le quitó la venda y le puso su chaqueta de cuero por encima. Sus ojos estaban secos de llorar. – Ya estás a salvo. – No contestó.

Cuando la acercó a la luz de la lámpara para reconocerla, un escalofrío recorrió su espina dorsal. Era la niña del dosier. El objetivo que debía matar.

El dulce rostro de la niña que había visto en el dosier se había convertido en un desfigurado ángel de pelo negro. Sus ojos no mostraban emoción alguna, era como si estuviera completamente desconectada del mundo que la rodeaba. Jimmy la observaba en silencio como un padre que ve sufrir a sus hijos sin poder hacer nada. Numerosas heridas se arrastraban por su cara. Quemaduras, aún ardientes, le marcaban la piel y el alma. Jimmy había perpetrado crímenes atroces en las hediondas calles de Mortown, pero aquello le superaba. De pronto, recordó el nombre escrito en la hoja de papel junto a la fotografía. Julieta Stone.

– ¿Eres Julieta Stone? – Preguntó con delicadeza intentando no sacarla de su vigilia.

La niña pareció reaccionar al nombre. Asintió con las últimas fuerzas que le restaban y sus ojos azules se apagaron. Al instante, dejó caer pesadamente su cabeza contra el pecho del hombre.

Por una fracción de segundo, Jimmy pensó en terminar el trabajo. Nadie sabría de su crimen y la inmundicia encubriría todo rastro de su presencia. Solo tenía que sacar un cuchillo y poner fin a la vida de la niña. Él sabía muy bien lo que era llevar una carga tan pesada sobre unos hombros tan jóvenes, le haría un favor. Cronos le dejaría en paz y se alejaría de la decadente ciudad. Aunque era tan parecida a Ella que le helaba la sangre.

No pudo hacerlo.

Era el encargo más fácil que le habían encomendado y, a la vez, el más difícil.

– Maldita sea. Ahora tengo que cuidar de otra niña. – Levantó el liviano cuerpo de la chica y la acomodó entre sus brazos, la chaqueta de Jimmy la ocultaba y protegía del exterior. Abandonaron juntos el lúgubre edificio.

Jimmy caminaba veloz y solitario bajo las farolas enroscadas de Mortown. Tan solo unas prostitutas se pusieron en su camino, las cuales despachó rápidamente con unas monedas. No convenía enemistarse con Madame Kalet. Aquella mujer tenía demasiado poder en una ciudad donde el pecado era la ley.

El exterminador estaba próximo a su destino y susurraba de cuando en cuando palabras de esperanza sobre la maltratada ánima de Julieta “Aguanta, pequeña. Aguanta.”, aunque ella ya estaba sumida en la más absoluta oscuridad. 


Llegaron a la casa de Jimmy. Un pequeño edificio de escaleras torcidas y buzones arrancados. No funcionaba la luz de los descansillos y varias puertas estaban abiertas de par en par o completamente destrozadas. El 3ºD era su portón.

– ¡Verónica! – Gritó Jimmy desde la puerta dando un par de golpes con el puño cerrado a la madera. -¡Verónica!

– ¡Ya va! – Contestó una voz desde el interior. Una chica de ojos azules y pelo castaño se asomó por el quicio de la puerta que aún conservaba el pestillo de cadena. No tendría más de quince años, pero ya presentaba unos visibles atributos femeninos. En cuanto reconoció al hombre, abrió la entrada y le dejó pasar. – ¿Qué ha pasado, Jimmy?, ¿Quién es esa niña?

– Las preguntas luego. Julieta necesita tu ayuda – dijo entrando al salón. A diferencia de la casa anterior, aquel hogar rebosaba orden y cordura. Los muebles relucían como si estuvieran recién encerados y los muelles del sofá se mantenían en su sitio. Una alfombra con un estampado de tonos rojos ocupaba el centro y dos estanterías repletas de libros se alzaban a los lados. Jimmy atravesó la estancia a toda velocidad para adentrarse en otra sala mucho más pequeña. Allí había una camilla blanca y numerosos utensilios médicos como gasas, agujas, sueros y hasta una pequeña bomba de oxígeno.

– Déjala en la camilla. – El hombre reposó el delicado cuerpo de Julieta en el lugar indicado y descubrió su cuerpo desnudo. Mientras, Verónica se enfundaba una bata y un par de guantes.

-¿Qué le ha pasado?

– La encontré de casualidad cuando unos putos yonquis estaban abusando de ella en un piso de Sinet Street. – Mintió.

– ¿Abusando de ella? ¡Dios! – exclamó con repugnancia. – Esta niña tendrá ocho o nueve años como mucho. – Encendió un potente foco que había sobre la camilla y agarró su muñeca con los dedos. – Tiene el pulso muy débil y esas heridas no me gustan un pelo. Déjanos a solas, Jimmy, ya has hecho bastante. – Jimmy miró a la pequeña y se vio a sí mismo tumbado allí en multitud de ocasiones. Había estado tantas veces en esa situación, que ya no recordaba lo era ver a otra persona luchando por sobrevivir, otra persona que no fuera uno de sus objetivos, claro está.

Verónica se puso manos a la obra y Jimmy esperó paciente en el salón. Agarró una cerveza de la nevera y se sentó en el sofá burdeos meditando sobre los acontecimientos de la noche.

« No debí traerla» Se repetía una y otra vez cabizbajo « Ahora Verónica estará en peligro».


Verónica abrió la puerta de la sala y se quitó los guantes de látex con un chasquido. – Sobrevivirá – sentenció-. Dejémosla descansar. El problema va a ser cuando despierte, ¿Qué vamos a hacer con ella?

– No lo sé – contestó Jimmy mirando a un punto fijo de la alfombra, cavilaba sobre las consecuencias de su desleal acto.

– Bueno. Cuidaremos de ella como ya lo hiciste tú conmigo – dijo poniendo una de sus finas manos sobre el tosco hombro de Jimmy. El hombre la miró y ella le devolvió una sonrisa de calma.

– Sí, la cuidaremos. Por cierto, con todo el lío no he podido conseguirte el libro que querías.

– ¿El de “Procedimientos técnicos de Cirugías”? No te preocupes, aún tengo un par de libros en cola – bromeó señalando con el dedo una de las estanterías repletas de textos y manuscritos médicos.

Verónica fue otro trabajo que Jimmy en secreto se negó a ejecutar. La chica había pasado toda su infancia encerrada en aquella casa. Aprendió a hacer las tareas del hogar y a cocinar para Jimmy. Poco después, empezó a interesarse por la medicina. Su nuevo padre era un sujeto de prácticas excelente, cada pocas semanas llegaba a casa con una cuchillada en el estómago, un agujero de bala o la cara amoratada. Jimmy intentaba conseguirle libros de medicina en sus visitas nocturnas a pisos como el de aquella noche. Los tomaba prestados y nunca los devolvía, total, sus dueños ya no los necesitaban. Julieta le recordaba a Verónica y no solo por las circunstancias de su encuentro, sino por sus rasgos físicos. Ambas tenían el pelo negro y liso, los ojos azules y la nariz pequeña, casi cincelada. También coincidía, de cierta manera, la forma de su cara; cuadrada y bien definida. El exterminador quería a Verónica como a una hija, la veía como el único rayo de luz de una ciudad completamente consumida por la oscuridad.

– Jimmy… – Dijo Verónica con la voz apagada.- ¿Has hablado con Cronos? ¿Cuándo podremos irnos de esta ciudad?

– Pronto, Verónica, pronto. Es difícil negociar con Cronos, controla Mortown a su antojo. Tengo que estar seguro que nos abrirá la frontera antes de hacer las maletas.

– Vale…voy… voy a hacer la cena.- La tristeza inundaba a Jimmy cuando veía a Verónica así. Cada día que pasaba en Mortown, se apagaba un poco más y no quería ver como su hija adoptiva se marchitaba en aquel pérfido lugar. Debía solucionar el problema.


Después de la copiosa cena, Verónica comenzó a lavar los platos y un número desconocido llamó a Jimmy. 

– Hola, mi pequeño asesino, ¿Cómo ha ido el trabajo?

– Hola, Cronos. La niña está muerta.- Se provocó un silencio ensordecedor entre ambos.

– ¡No intentes engañarme! Sé que no has terminado el trabajo – dijo la voz furiosa. – Soy el maldito dueño de esta ciudad, ¿crees que no iba a enterarme? Me has subestimado, Jimmy. No me gusta esto, pero tendré que mandar a alguien a que acabe contigo y también se hará cargo de esa zorrita que mantienes en tu piso. – La voz lanzó un suspiro. – ¿Ves lo que me obligas a hacer? Habría estado dispuesto a compartir el poder contigo, bastardito, pero ahora tengo que buscarme a otro al que no le de miedo matar niñas indefensas.

Jimmy se acercó a la ventana y arrojó el móvil a la calle. Entonces vio a una silueta apoyada en una pared con una gabardina marrón y sombrero a juego observando el piso desde la otra acera. Fumaba un cigarrillo, el cual lanzó a la carretera después de ser descubierto. En ese momento, Jimmy supo que su cabeza estaba en venta. 

Jimmy pasó la noche sentado el sofá con la pistola cargada y apuntando a la puerta. Verónica dormía plácidamente en su habitación y Julieta se recuperaba en la camilla de la salita. Sin duda, un día aciago para el exterminador. Había pasado de casi comprar su libertad, a ser un trabajo más de Mortown. Tenía claro que a esas alturas, ya habría al menos media docena de exterminadores con su dosier debajo del brazo, pero él no era un objetivo cualquiera y no iba a ponérselo nada fácil a Cronos.

Los primeros rayos del sol iluminaron la casa y Verónica, acompañada de un bostezo, salió de la habitación en pijama. Jimmy la miró de reojo, estaba tan radiante como siempre. No podía evitar verla como aquella pequeña niña que se negó a ejecutar hace siete años. Su primer acto de compasión y piedad. En aquel preciso momento, entendió en lo que Cronos lo había convertido, en un asesino despiadado sin voluntad alguna. Sabía que no sería una tarea sencilla escapar de la ciudad, pero daría su alma al diablo porque ella sí lo hiciera.

– Buenos días, Jimmy, ¿Has dormido aquí? – Preguntó lanzando otro bostezo que tapó con la mano.

– Sí. Tenemos que irnos, Verónica, haz las maletas.

– ¿Cómo?, ¿A donde? – La somnolencia abandonó su cuerpo siendo sustituida por la incertidumbre y la esperanza.

– Este sitio ya no es seguro. Iremos a casa de Drexler. Podrás quedarte con él mientras hago un último trabajo para Cronos – concluyó levantándose del sofá burdeos y guardando el arma.

– ¿Por fin nos vamos a poder marchar de esta ciudad? – Sus ojos azules se inundaron de lágrimas y corrió a abrazar al hombre. La diferencia de altura entre ellos era notable. – Gracias, Jimmy.

– No hay de qué, pequeña. – La satisfacción recorrió su cuerpo como un escalofrío y una mueca parecida a una sonrisa se posó torpemente sobre su cara repleta de cicatrices.

Ambos estuvieron fundidos en un abrazo durante un minuto que se hizo un instante, hasta que Verónica recordó algo. -¿Qué vamos a hacer con la niña?

– Irá contigo. Lleva medicinas, nos serán de utilidad. – La muchacha sonrió y se dispuso a empacar toda una vida de desdicha en un par de maletas.

Jimmy necesitaba únicamente una mochila. Solo había sitio para el recuerdo allá a donde iba. 

Verónica estaba por entrar a la salita para despertar a Julieta, cuando un fuerte golpe se escuchó en la puerta y el bombín de latón salió disparado a los pies de Jimmy que soltó la mochila y sacó de nuevo su revolver. La puerta se abrió y dos hombres entraron en la casa. Uno de ellos era gigante, casi ocupaba el marco de la puerta en su totalidad. Los rasgos toscos se plasmaban en su rostro, parecía un verdugo medieval con cara de bobo y el pelo rapado. Iba vestido con un mono vaquero azul y una camiseta blanca, en su hombro llevaba una escopeta humeante.  El otro era bajito y con cara de pillo. Un bigote negro bien perfilado se posaba sobre su sonrisa maliciosa. Llevaba un traje azul marino y un sombrero negro estilo Fedora . Portaba un subfusil Thompson a la altura de la cintura.

– Ciao, amico – dijo el tipo del bigote con un marcado acento italiano. – ¿Qué le has hecho a Cronos, Jimmy? È molto arrabbiato. Es una pena, amico, eras muy bueno. Jamás pensé que tendría que cazarte. – El grandullón dio un golpe en el hombro de su compañero. – Tendríamos – dijo devolviéndole una mirada de desdén – que cazarte.

Victoria entró a la sala de curas y despertó a Julieta que aún se encontraba desorientada.

– Hola, Salvatore, ¿ya te has recuperado de la bala en el culo? – Preguntó Jimmy haciendo tiempo-, y hola, Piccolo, tan callado como siempre. ¿Sabe vuestra madre que estáis aquí?

– Bastardo stupido – dijo riendo – Nuestra madre murió hace años, ¿esas son tue ultime parole? – Levantó el arma hacia Jimmy.

– ¡Conducto de ventilación! Esas son mis últimas palabras.

– Che cosa? – Salvatore no entendió a qué se refería, pero Victoria sí. Había un conducto de ventilación protegido por una rejilla en la salita en el cual Jimmy guardaba un par de granadas de mano y una pistola, por si acaso. La chica abrió ligeramente la puerta y lanzó uno de los artefactos hacia la posición de Salvatore y Piccolo. Cuando el grandullón se dio cuenta de que era un explosivo, agarró a su hermano con una mano y lo sacó de la casa antes de que detonara la granada, al tiempo que Salvatore disparaba su Thompson a discreción intentando alcanzar a Jimmy que corrió rápidamente a protegerse tras el sofá.

La explosión hizo retumbar el edificio entero y, por supuesto,  destrozó el salón. Un agudo sonido se clavó en los oídos de Jimmy, aunque tardó poco en recuperarse del aturdimiento. – ¡Verónica! ¿Estás bien? – Gritó.

– ¡Jimmy! – contestó desde la habitación de cuidados. El hombre se deslizó por el sofá lanzando un par de disparos a la puerta, recogió su mochila y se guareció junto a las chicas en la salita.

– Fligio di puttana! – Gritó Salvatore desde el otro extremo de la casa. – Te voy a matar… Te vamos a matar.

Jimmy tumbó la camilla para bloquear la puerta, pero sabía que era en balde. – ¿Quiénes son esos, Jimmy? – Verónica no estaba tan acostumbrada a la acción como el exterminador, aunque no se achantaba ante el peligro.

– Unos compañeros del trabajo. Coge la pistola de la rejilla y escondeos en el armario. Me ocuparé de ellos. No dudes en apretar el gatillo.

– ¡Salvatore! – Gritó Jimmy tras la puerta color blanco de la salita. – No quiero matarte, tu madre me caía muy bien. Siempre nos hacía raviolis los fines de semana que nos tocaba el mismo trabajo.

– Non parle di mia mamma, idiota – contestó el exterminador italiano. – Il tuo premio triplica el resto. No tendré que lavorare más… No tendremos que lavorare más.

Jimmy entreabrió la puerta para inspeccionar el salón. Una pequeña nube de polvo pululaba desde la entrada hasta las habitaciones colindantes, los escombros ofrecían una cobertura pobre y el sofá estaba hecho añicos. Ese ambiente se parecía más a las casas de sus objetivos. « Cabrones, me gustaba ese sofá» pensó mientras salía rápido de la sala y ocupaba una cobertura que hacía esquina hacia la salida.

– Último aviso, Salvatore.

– ¡Morire, bastardo! – Exclamó mientras lanzaba una ráfaga de balas con su subfusil hacia la posición de Jimmy. Este se agachó y esperó paciente a que vaciara el cargador. Cuando escuchó el sonido ahogado del percutor, abandonó la cobertura para dispar su revolver hacia la puerta y ver donde se encontraban los exterminadores que antaño fueron sus amigos. Se ubicaban uno a cada lado del marco de la puerta protegidos por el pésimo material que el umbral les ofrecía. Se ocultaba de ellos tras el sofá acolchado. 

Piccolo era grande y torpe, ventaja que pronto aprovechó Jimmy. 

– ¡Piccolo! ¿No quieres salir a jugar? – Un gruñido furioso atravesó el salón y dos disparos de escopeta asesinaron lo que quedaba del mueble. Momento en el que Jimmy salió de la cobertura para efectuar un disparo certero sobre la rodilla descubierta del grandullón que cayó al suelo, en ese instante Jimmy se sintió como David venciendo a Goliat, salvando las distancias.

Piccolo se dolía en el suelo a causa del balazo, pero aún seguía con vida. Jimmy recargó el revolver y se reubicó en la cocina que estaba próxima a la entrada, tomando así un afilado cuchillo que usaba Verónica para cortar carne.

– ¡Piccolo! -Exclamó Salvatore preocupado -. Non morire. Ti aiuterò presto. – Una nueva ráfaga salió del arma del italiano errando su trayectoria. Jimmy aprovechó un momento de tregua para guardar el revolver, esprintar hacia la puerta y, saltando por encima de Piccolo agarrado al marco de madera con su mano libre, clavarle el cuchillo a Salvatore en el pecho . La estocada fue tan potente que atravesó al pequeño hombre por completo, dejándolo empalado contra la pared del descansillo. Sus rostros se quedaron a escasos diez centímetros y Jimmy pudo ver la desesperación y la pena en sus ojos. Jimmy sacó su arma y remató al hermano que estaba en el suelo de un certero disparo en el cráneo. La escena quedó empapada de sangre y la victoria se tiñó de rojo.

– Dale recuerdos a Antonella.

– Así lo haré, amico. Ci vediamo all´inferno. – Una última bala, esta vez por compasión, fue disparada para acabar con el sufrimiento de Salvatore, el cual no se desprendió de su sombrero negro ni un solo momento. 

Jimmy se aproximó al armario donde se ocultaban las chicas y dio dos golpes rápidos y uno lento con el dedo índice en la puerta. Verónica salió fugaz del escondite y abrazó a Jimmy. – ¡Maldita sea, Jimmy! Tu trabajo nos va a matar – exclamó propinando un puñetazo en el pecho del hombre. Julieta aún se encontraba sentada en el pequeño armarito agarrándose las rodillas en posición fetal y vestida con un camisón blanco. Continuaba con la mirada perdida, su mente parecía estar a miles de kilómetros y su cuerpo se mantenía a base de vagos impulsos de energía.

– Lo siento. La cosa se ha complicado con Cronos. En casa de Drexler te lo explicaré todo.

– Drexler es un putero y un loco de las armas, seguro que nos dispara mientras dormimos o algo peor… – Verónica se cruzó de brazos y miró hacia Julieta.- Esta pobre niña ya ha sufrido bastante.

– Drexler es un buen tipo, Verónica. Confía en mí. Además, me debe una y las promesas son lo único sagrado que tenemos los exterminadores. Nuestra palabra y nuestra arma. -Era irónico, pues todo aquel embrollo empezó con una promesa rota. Una niña que Jimmy prometió muerta y ahora sentía que debía proteger. – Viste a la niña y vámonos de una vez.

Verónica terminó de hacer la maleta y le ofreció a Julieta un vestido azul de tirantes que en su día Jimmy le compró para ella. Tenía un estampado de flores blancas y le llegaba hasta las rodillas. También le puso unas zapatillas blancas de cordones que le estaban anchas de más y le recogió el largo pelo negro con un lazo rojo. Aquel modelo, digno de pasarela infantil, contrastaba con las numerosas tiritas, quemaduras y heridas que cubrían su pálida piel, y su triste rostro.

– Ya estás guapa, Julieta – dijo Verónica sonriendo arrodilla frente a ella. La niña la miró con incredulidad y dos lágrimas brotaron de sus ojos. No hubo llanto, ni siquiera un leve quejido, solo agua y sal. Julieta abrazó a Verónica y desahogó en silencio la tortura de aquellos días. Parecía que poco a poco estaba volviendo en sí.

Las chicas salieron de la habitación de Verónica agarradas de la mano y se dispusieron a ir a casa de Drexler. La armería que regentaba estaba a una hora andando del piso de Jimmy. El hombre miró a la pequeña Julieta y le fue imposible no acordarse del día en que encontró a Verónica. El vestido fue su primer regalo y también de los pocos que pagó con dinero. Echó un último vistazo a la casa y la despidió encarando la astillada puerta. Pasó por encima de Piccolo y le dedicó una mirada melancólica a Salvatore. 

– No entiendo porque no podemos ir en coche como la gente normal – protestó Verónica sorteando el cuerpo sin vida de Piccolo de un salto.

– No. Los coches son peligrosos, y sino mira lo que le pasó a Nathan. Tuvo una discusión con su camello y Francis Cocaína le puso una bomba en el coche. –

Francis Cocaína era el que manejaba el tráfico de droga en Mortown. Se cambió el nombre para que todos tuvieran claro a que se dedicaba. Cada gramo que se movía por la ciudad, pasaba por sus podridas manos y su politoxicómana nariz.

– Pues una moto al menos…

Mientras Verónica y Jimmy discutían sobre como iban a llegar a la armería. Julieta se acercó al empalado Salvatore y vio en la solapa de su chaqueta algo que le llamó la atención, un pin plateado con la forma de un reloj de pared. Estaba ensangrentado, pero aún se distinguía la silueta. Lo sacó con delicadeza y se lo guardó en un pequeño bolsillo que tenía el vestido cosido en la parte delantera.

– ¡Vamos, niña! – le instó Jimmy desde la escalera. – No te retrases. – La pequeña dejó en paz el cadáver del exterminador italiano y comenzó a bajar los torcidos escalones con sumo cuidado.

Los tres se detuvieron en el descansillo que daba al exterior del edificio.

No se atrevían a salir.

Pero el día estaba soleado.