Basado en un cuento popular portugués.


Que ingeniosos los cuentos. Podría estar horas contando historias magnificas de batallas, dragones y caballeros andantes luchando contra gigantes. Sí… la gente te mira expectante y quieren saber más, siempre más, pero, ¿Qué pasará cuando no haya más cuentos que contar?, ¿Qué pasará cuando el pozo se seque? Bueno, ayer mismo salí a dar una vuelta para pensar en un nuevo relato y vi a un mendigo. Inmediatamente le di mi cena y me lo agradeció con creces. Entonces recordé cuando yo mismo fui un mendigo, cuando tenía que usar mi ingenio para comer. Esta es la historia, amigos míos, de la sopa de piedra.


Hace muchos años, en las lejanas tierras del norte, me hallaba yo siendo un pobre hombre sin techo, ni pan que echarme a la boca. Eran años de frío, corrían malos tiempos donde el hambre asolaba el país y solo los ricos gozaban de salud. Yo erraba hambriento de aquí para allá, sin rumbo y con el rugido de mis tripas como compañía. Hasta que un día llegué a un castillo. Me aventuré en la cocina guiado por el dulce aroma de un estofado. Un delicioso y suculento estofado.

A punto estaba de llamar a la gran puerta de madera, cuando esta se abrió de forma abrupta y un hombre salió despedido hacia la nieve. Caí al suelo de culo.

 – ¡Fuera de aquí! ¡En mi cocina no entran pordioseros! – Exclamó un tipo enfadado que intuí era el cocinero. El hombre al que había lanzado a la calle estaba incrustado en la nieve como un tronco caído. – ¡Fuera! – El cocinero era de pelo pobre y dientes moribundos. Aquella cara había tenido mejores días, al igual que su ropa rasgada.

– Buenos días, señor – dije amablemente.

– ¿Tu quien eres? Te advierto que aso vivos a los que me hacen perder el tiempo. – Al girarse hacia mí, me di cuenta de que su parpado izquierdo estaba alicaído y le faltaba un trozo de oreja.

– ¡Y hacéis muy bien! Se lo merecen. – Mi cabeza funcionaba a toda velocidad pensando en cómo colarme en aquella cocina. – Decidme… ¿Os sobra un poco de agua?

– ¿Agua? ¿No tienes suficiente con esta nieve del demonio?

– No, mi señor. La nieve no es un buen condimento para una sopa. Solo necesito unas gotas. Tengo aquí una buena piedra – dije agarrando el pedrusco más grande que tuve a mano. – Con ella y con un poco de agua podré hacer una suculenta sopa para mí y para este pobre hombre al que habéis arrojado fuera de vuestra majestuosa cocina.

– ¿Sopa de piedra? – dijo el cocinero extrañado arrugando aún más la cara, algo que creía imposible. El otro mendigo sonrió.

– Mmm, es deliciosa – me regodee olfateando aquel frío e inerte trozo de roca.

– ¿Me crees idiota?, ¿Quién haría sopa con una piedra?

– ¿Seguro que no quiere probar?

La curiosidad pudo con el andrajoso cocinero que nos llevó hasta su guarida. Colocó un caldero de cobre sobre una rejilla de la que brotaban cálidas llamas rojas.

 – Ahí tienes el agua y ahí tienes el fuego. A ver como haces la sopa – se burló.

– Es de lo más sencillo, hasta el cocinero más novicio sabría cómo hacerla. – Agarré la piedra y la eché en el caldero de agua.

– ¿Cuánto tiempo tardará en hacerse?

– Paciencia, paciencia. Tardará algo así como una hora.

El cocinero no dejó de vigilarme durante una hora y yo solo había puesto una piedra en agua hirviendo. Una simple piedra que acababa de encontrar. El otro mendigo se reía a carcajadas y yo con él. En cambio, el cocinero nos observaba muy serio y todos los ayudantes pensaban que estábamos completamente locos.


Después de una hora, me acerqué con maestría a la olla y probé la sopa con un gran cucharon de madera.

-¿Qué tal? ¿Está buena tu sopa de piedra?

– Sí, pero aún le falta un poco. Seguro que en está cocina tan grande tendréis sal, ¿verdad?

– ¡Sal! – gritó el cocinero impaciente y un mozo trajo un cuenco repleto de la sustancia blanca, daba gusto ver otra cosa blanca que no fuera nieve.

Volví a probar la sopa y solté un gemido de placer. – Ya casi está. – El hombre se inclinó para probarla, pero alejé el cucharón. – ¿No tendréis por casualidad tocino? Un poco bastará. De cualquier clase.

-¡Tocino!

Y después del tocino, verduras. Y después de las verduras, patatas. Y después de las patatas, carne. Incluso el cocinero llegó a echar las lonchas personalmente para que no intentáramos engañarle.

Después de diez largos minutos, agarré el cucharón, tomé un sorbo y le ofrecí otro al cocinero.- No debéis olvidar, mi señor, que se trata de una simple sopa de piedra.

Servimos los platos con la sopa y todos en la cocina la probaron. No hubo ni un ruido en la cocina hasta que los comensales acabaron sus raciones y se recostaron rebosantes en las inestables sillas que acompañaban la mesa.

 – ¡Que sabor! – dijo el cocinero dejando caer la cuchara sobre el plato vacío. – Muy sabrosa. Sopa de piedra – rio entre dientes aún incrédulo como si el hecho de que lo dijera en voz alta fuera a cambiar algo.

– Es costumbre en el lugar de donde vengo que la persona más importante de la mesa se quede la piedra -. Monté cuidadosamente la piedra en el cucharon y se la lancé al cocinero. – ¡Os la regalo!

 – Gracias. – El hombre agarró la pesada roca al vuelo y comenzó a notar un peculiar olor a quemado que provenía de sus propias manos. La soltó inmediatamente lanzando un grito de dolor y los presentes reímos hasta la extenuación.


El cocinero, enfurecido por el incidente de la piedra, me llevó ante el rey. Clamaba vengativo que me hirvieran en acetite, pero yo solo oía los agradables sonidos de mi estómago repleto. Le conté al rey sobre la maravillosa sopa de piedra, sin embargo, el anciano gobernador me tachó de mentiroso y farsante, así que prometí hacerle sopa de piedra en su siguiente comida. Si no era la mejor que había probado, aceptaría mi castigo de acabar hervido.

A la mañana siguiente, le pedí a mi nuevo amigo, el mendigo, que me acompañase para hacer la sopa de piedra. Aceptó el ofrecimiento de muy buena gana, pues era otra comida caliente que de seguro apaciguaría su tripa. El rey se presentó en las cocinas exigiendo contemplar tamaña brujería. Pusimos el agua a hervir y tomamos la misma piedra que nos había dado suerte el día anterior.

Sabía que el rey no sería tan incauto como el cocinero, así que cuando llegó la hora del condimento, comencé a hacer toda la clase de trucos para distraer su vista de la sopa; hice el pino, conté chistes, malabares con cuchillos y  hasta recité poemas en honor a su magnífico castillo. Mientras tanto, el mendigo aliñaba la receta con un poquito de esto y un poquito de aquello.

La sopa, como era de esperar, fue un éxito rotundo, y su fama fue tal, que se instauró como la comida de los pobres, los viajeros y los más necesitados.

Una receta de lo más sencilla, si me lo preguntan a mí. Lo único que necesité para elaborarla fue una simple piedra y un poco de ingenio.