Parte 1


Pisadas veloces, fustigadas por el miedo, se alejaban a toda velocidad del cuerpo sin vida de Tony, aunque las lágrimas de puro terror dejaban un rastro que aquel ser olfateaba cual sabueso. Los chicos se aproximaron a la vivienda de los Bernhord y golpearon la polvorienta puerta esperando que algo menos terrorífico que su perseguidor saliese en su ayuda. Nadie contestó.

La figura que los acechaba se movía lenta, pero incansable. Arrastraba la hoz provocando un ruido sobrecogedor. Recordaba al reloj perpetuo de la muerte. La parca personificada.

En vista de la negativa de la casa, los intrusos se atrevieron con el granero aullador, el cual tenía el enorme portón entreabierto y luz en su interior. El miedo los detuvo cuando un nuevo relincho de agonía se escapó entre las tablas rojas. Una sombra moribunda se acercó cojeando a la puerta. Recordaba a la silueta de un caballo, pero lo que salió del cobertizo perturbó, aún más, las jóvenes mentes de los chicos. Era un caballo, no cabía duda, aunque malformado hasta el extremo. En condiciones normales, ningún ser vivo podría tener un segundo más de aliento, pero aquel animal se aferraba a la vida o lo encadenaban a ella cruelmente. Era completamente negro y se podían atisbar rasgos de otros animales en él, una abominación cosida que pedía a gritos el final de su existencia. Los ojos del caballo estaban enrojecidos por las súplicas y casi no podía mantenerse en pie.

Aquella visión fue demasiado para ellos. Uno de los chicos, el primo de Tony, se desmayó, cayendo a plomo en la pútrida tierra de la finca. William ahondó de nuevo en sus pesadillas, dándoles forma, sonido e incluso un olor propio, pues el hedor a putrefacción que desprendía aquel engendro estaba a punto de hacer mella en su estómago.

Abandonaron al pobre chico a su suerte y escaparon hacia el huerto de maíz. A sus espaldas, pudieron escuchar un grito agónico, esta vez humano, y el filo de una hoz penetrando múltiples veces en un cuerpo ya inerte.

Los muchachos corrieron hasta la extenuación, pero no podían huir de lo inevitable. El ser fue cazándolos uno a uno dentro del maizal. William solo escuchaba los tajos que segaban de un golpe la vida de sus amigos y palabras ahogadas que perecían antes siquiera de que pudieran nacer.

William alcanzó el centro del maizal, supo que lo era por que tropezó con una calabaza nada más entrar. Siguió avanzando con magulladuras en la cara y la rodilla derecha ensangrentada hasta llegar a un palo en forma de cruz que supuso era el lugar de descanso de su perseguidor.

La silueta del espantapájaros, que acababa de entrar en la zona, se puso a cuatro patas y comenzó a correr a toda velocidad hacia él, parecía un ciempiés gigante. Cuando estuvo sobre William, lo derribó con sus largos brazos y acercó su máscara de horror a la indefensa presa. No tenía una calabaza como cabeza, sino trozos de piel cosidos con repulsiva precisión. William contuvo una arcada mientras que el asesino le clavaba su intensa mirada. El chico aferró una piedra y golpeó al monstruo con todas sus fuerzas en la cabeza. Ni se inmutó. Un hediondo líquido amarillo comenzó a brotar de la herida.

El espantapájaros asió a William por las axilas y lo colgó en la cruz de madera. El niño pataleaba y gritaba sacando fuerzas de flaqueza. Lo último que pudo ver antes desvanecerse, fue a aquel monstruo atando sus brazos y piernas los extremos de la cruz y unas huesudas manos colocando una enorme calabaza hueca en su cabeza.


El huerto de la familia Bernhord siempre ha sido un lugar muy siniestro. Un paraje ajeno a este pueblo de personas enfermas y aisladas del mundo. Una puerta hacia el horror más profundo donde las pesadillas se hacen realidad.

FIN