Son días extraños en el pueblo. Por las noches suceden… Cosas inexplicables. No tengo palabras para describirlas, pero estoy muerto de miedo.

Todo empezó la semana pasada, cuando vine a pasar unos días al pueblo de mi abuela. Al segundo día de estar aquí, desperté a media noche a causa de un potente foco que alumbraba mi cama desde la ventana. Es más que curioso, pues las farolas no llegan a esta casa y las luces de los vecinos no son tan intensas. Achaqué el incidente a la luna llena y no le di mayor importancia. 

Al día siguiente, lo mismo. Era como si una fuerza invisible me impidiera asomarme a contemplar lo que provocaba aquella luz. Simplemente, me daba la vuelta y me decía: «Será la luna».

Cada mañana me levantaba muy cansado como si hubiera hecho un gran esfuerzo físico. Le comenté a mi abuela lo sucedido y ella me contó que cada cierto tiempo, la luna brillaba más de lo normal y ocurrían eventos maravillosos en el pueblo. Intenté no magnificar la situación y tomar la explicación de mi abuela como esas viejas leyendas que se cuentan a los niños antes de dormir. 

Volvió a suceder. A media noche, el foco se posó sobre la mitad de mi cama. Esta vez sí que pude observar la ventana y me topé con algo que no esperaba. Una lechuza blanca de diminutos ojos negros me miraba fijamente. Quedé paralizado. El animal comenzó a contorsionar su cuello hasta tener la cabeza de lado y lanzó un estridente graznido. Todo se volvió negro.

He despertado tumbado en la cama con un tremendo dolor de cabeza. No sé si son sueños, pesadillas o que me estoy volviendo loco; pero tengo la certeza de que algo raro está pasando en este pueblo. Algo insólito y que me da pavor descubrir.

Los días se hacían largos y la radio era el único entretenimiento que mantenía mi mente ocupada. La emisora local se hizo eco de una terrible noticia;

«Las lluvias torrenciales han hecho estragos en campos y carreteras haciéndolas completamente intransitables. Debido a las circunstancias, recomendamos a los habitantes de Denbuk quedarse en sus domicilios hasta que pase el temporal. Les mantendremos informados… ».

Apoyé los codos en la mesa y me llevé las manos a la cabeza observando fijamente la taza de café. No podía olvidarme de la maldita lechuza y encima me tenía que quedar otros tantos días en aquel pueblo. Ya hasta mi abuela me daba mal rollo, andaba de un lado para otro de la casa sonriendo, pero no con una sonrisa de dulce abuelita, si no con una mueca forzada y aterradora. Jamás la había visto así, no paraba de repetirme que cosas maravillosas estaban por ocurrir.

Desde el incidente de la lechuza no pude casi pegar ojo. Me recostada sobre la cama con la mirada fija en la ventana, escuchaba la lluvia caer sobre la madera del tejado hasta que el sueño me vencía. Horas más tarde, me despertaba sobresaltado y me maldecía por haberme quedado dormido.

Cada mañana escuchaba las noticias y rezaba por que el clima mejorara, sin embargo, el temporal seguía azotando aquella región perdida de la mano de dios y las carreteras continuaban cerradas.

Para colmo, mi abuela cada vez estaba más extraña y más sonriente. En uno de sus incesantes vaivenes, me susurró al oído: «Hoy la luna es más brillante».

Casi me da un ataque al corazón. Llegué a pensar que lo estaba imaginando todo, que era un producto de mi imaginación. Una vez leí un artículo que relacionaba la falta de estímulos externos con la desbordante imaginación del ser humano. Puede que salir de la ciudad me estuviera afectando demasiado.

La noche en la que se produjo el último encuentro, yo estaba alerta. Había agarrado un cuchillo de la cocina y lo tenía escondido bajo la almohada, me hacía sentir más seguro. Intenté no caer en las garras de Morfeo, pero el cansancio de los días hizo mella en mí. No sé cuánto tiempo estuve dormido, pero cuando desperté encontré el rostro de mi abuela mirándome a escasos centímetros de mi cara con esa sonrisa tan perturbadora. No dijo nada. Fue directamente hacia la ventana donde la lechuza blanca de diminutos ojos negros la esperaba posada en la repisa. Ahora que podía verla con más claridad, tenía unos largos dedos que se aferraban con fuerza a la ventana. También estaba el foco, el cual iluminaba toda la habitación.  El terror me había atrapado. El miedo me había convertido en un mero espectador. Mi abuela me miró por última vez y me dedicó una de sus incomodas sonrisas, de pronto, un destello me cegó y, tras el estridente graznido del ave, me sumí de nuevo en las tinieblas.

La tormenta cesó de forma súbita y, desde entonces, no he vuelto a ver a mi abuela. Intento olvidar todo lo que pasó esa semana en el pueblo, pero la sonrisa inquietante vuelve a mí en sueños. Me persigue cuando no puedo huir de ella. Ahora temo a la luna llena y estoy convencido de que algún día volverá la lechuza blanca para llevarme con ella.