…Bajo las escaleras.

Hace frío.

Mucho frío.

Cada paso hace crujir los escalones y provoca un pequeño eco estremecedor. Enfoco con mi linterna cada pequeño peldaño para no tropezar, pero una extraña sensación de peligro me obliga a ponerme en guardia. Echo un vistazo atrás y me sorprendo al ver la silueta de un niño de pie bajo el marco de la puerta. Es muy pequeño y la ropa le está gigante.

-Hola – exclamo. El eco hace que mi voz retumbe por toda la estancia.

Niños del Sótano

El niño sale corriendo sin mediar palabra. Intento perseguirlo, pero me doy cuenta de que algo tira de mi pantalón hacia abajo. Me giro y veo que otro niño aferrado a la pernera de mi pantalón con una de sus manos. Le enfoco la cara y el horror se apodera de mí. Su rostro es totalmente inexpresivo y su tez es blanca como la nieve.

-No bajes al sótano -dice con un tono sepulcral que me hiela la sangre por completo- ¡Márchate de aquí!

Con un rápido movimiento me zafo de él y huyo aterrorizado hacia la puerta de madera. Una vez en el comedor, comienzo a recoger las cosas. Jamás había visto un encuentro de esta magnitud, no estaba dispuesto a pasar la noche allí ni loco.

Ya lo tengo todo listo para abandonar el orfanato cuando escucho una voz masculina proveniente del pasillo.

– ¿Ya te vas, chico?- Era el guardabosques que me apuntaba con un rifle de caza. -Solo eres otro idiota en busca de acción. ¡Baja al sótano! Nos divertiremos un rato.

– ¡Tenemos que irnos! Este lugar está plagado de fantasmas – digo en un tono desesperado.

– ¿Fantasmas? – El hombre se echa a reír. – Es el reclamo perfecto para gente como tú. ¿Quién crees que difunde esas noticias? ¡Vamos! Baja al sótano.

– No – me niego temiendo las consecuencias.

– De acuerdo. Será por las malas. – Se acerca rápidamente a mí y me golpea la cabeza con la culata del rifle. Fundido a negro.


Despierto encadenado a la pared junto a otros cadáveres, la peste a descomposición es terrible. Siento ganas de vomitar. Tengo dos gruesas cadenas amarradas a las muñecas que me impiden cualquier movimiento. La luz de una pequeña bombilla instalada en el techo ilumina solo una pequeña parte de la habitación.

Escucho que alguien baja las escaleras pesadamente. Es el hombre y trae algo en la mano.

– ¿Ya has despertado? – dice sonriendo.

– Deja que me vaya, puto loco -. Forcejeo con las cadenas, pero es inútil.

– Grita lo que quieras. Es lo bueno que tiene este sitio, nadie puede escucharte -. El guardabosques abre un pequeño maletín de cuero rojo y mete delicadamente la mano sin mirar – ¿Qué tocará hoy? – pregunta retóricamente rebuscando en la bolsa hasta que da con algo. – ¡Ajá!

Estoy aterrorizado, he encontrado algo mucho peor de lo que me esperaba en este orfanato. Temo por mi muerte y comienzo a pensar en lo estúpido que he sido al venir aquí solo. Pienso en mi madre, en mi padre, en todas las personas que he dejado atrás. Tengo que salir de aquí.

– ¿Sabes qué es esto? – La oscuridad me impide ver. – ¡Es un cascanueces! Recuerdo la primera vez que use uno de estos o mejor dicho, lo usaron en mí -. El hombre se acerca lo suficiente como para que pudiera apreciar el artilugio. – No me gustó mucho, la verdad, pero esta vez seré yo quien lo ponga en práctica – dice enseñándome su mano con una falange amputada. – ¿Por qué dedo quieres que empiece?

Cascanueces

– ¿Quién te hizo eso? – pregunto intentando alargar lo inevitable.

– Los maestros, por supuesto. Si nos portábamos mal, nos bajaban aquí y “expiaban nuestros pecados”, así les gustaba llamarlo. Yo solo robé una onza de chocolate – dice mirándose tristemente la mano. – Estaba deliciosa. Jamás había probado el chocolate antes.

– ¿Fuiste un niño del orfanato?

– Triste historia la de este lugar. Yo me encargo de los curiosos que vienen a perturbar el descanso de los niños. Dios me lo ha dicho. ¡Es mi deber! – El hombre está completamente fuera de sí. Tras unos segundos en los que intenta relajarse, continúa hablando. – Ahora, chico. ¿Por qué dedo quieres que empiece?

– Suéltame, por favor. No se lo diré a nadie –. Intento convencerlo por todos los medios, pero es completamente inútil.

– Los pulgares son los más divertidos, los dejaré para el final. El índice será el primero. No hagas mucho ruido. Los niños intentan dormir – dice con preocupación en su voz.

Agarra mi mano derecha y comienza a apretar el cascanueces en mi dedo índice. No puedo evitar gritar con todas mis fuerzas hasta que mis cuerdas bocales no emiten ni un sonido más.

Entre lamentos y sollozos puedo ver a los niños sentados en la escalera. Van vestidos de colegial y dejan caer sus pequeñas piernas por los huecos de la barandilla. Presencian el espectáculo que está teniendo lugar con tristeza en sus blanquecinas caras. Rostros inmutables de absoluto pesar. Uno de ellos me hace un gesto de silencio llevándose un dedo a los labios.

 –   ¿No te diviertes? ¡Yo me lo estoy pasando genial! – exclama enseñándome la falange y tirándola con desprecio al fondo de la sala. – No te lo tomes como algo personal, chico. De hecho, fuiste tú el que quisiste entrar aquí. ¿Has encontrado lo que buscabas? – Acaba la frase con una risa que retumba por todo el sótano. – Aun te quedan muchos dedos. ¿Cuál quieres que sea el siguiente?


-DON


Hola, amantes del terror.

Espero que hayáis disfrutado del relato y del polémico final.

La historia se ubica en un lugar real, el Orfanato abandonado El Valle, en Murcia.

Muchas de las personas que han ido al lugar, aseguran haber escuchado o grabado cacofonías, así como notar cambios drásticos de temperatura.

Lo mejor será no acercarse al edificio y, si caes en la tentación, intenta no cruzarte con ningún guardabosques.

Un saludo.