Si no has leído la primera parte, aquí está en el enlace Afortunado Parte 1, dicen las sabias lenguas que no está nada mal.


Imaginaos al rey, lleno de orgullo. Regodeándose de su vil actuación. Arrogante ante su cruel hazaña. Pero al llegar a palacio, oyó campanas y más campanas. Al fijarse en los balcones de su castillo, vio algo que le llenó de cólera. Afortunado junto a su hija.

Corrió hacia los aposentos de la reina para pedirle alguna explicación, sin embargo ella estaba tan absorta como él. Ninguno de los dos sabía cómo habían llegado hasta esa situación.

-¿Por qué mi hija se está desposando con esa rata? – Preguntó el rey furioso.

– Tú lo ordenaste. Me ordenaste casarlo bajo pena de matarnos a todos – contestó la reina temerosa.

– ¡Yo ordené que cortaras al portador en mil pedazos! Mil pedazos decía y mil pedazos he ido saboreando por el camino.

-Aún tengo el edicto real. Aquí lo tienes-. La reina le entregó la nota falsificada del cocinero. – Aunque mírales, son tan felices. Pensé que habías hablado con alguna adivina.

Las palabras de la profecía seguían rondando la cabeza del rey “Un niño afortunado. Pobre cual rata. Séptimo hijo de un séptimo hijo. Los sabios profetizan que ese niño será rey”. No podía permitirlo. Todavía le quedaba una carta por jugar al rey.

Cuando todos los nobles se reunieron en la corte, Afortunado se arrodilló ante el malhumorado rey que se sentaba impasible en su trono, y sonriendo dijo – Majestad, perdonadme. Creí que erais un tirano explotador de los pobres, pero  me habéis convertido en vuestro hijo y vuestro heredero, y en el esposo más feliz sobre la faz de la tierra.

– Antes de casaros con mi hija, os queda una tarea por hacer. Debéis traerme una pluma del grifo.  – Los presentes se horrorizaron. “El grifo matará al chico” decían. “Ya ha demostrado su valor” decían otros. – Hasta que no tenga esa pluma en mis manos, nadie se casará con mi hija – decretó el rey.

– De acuerdo, la traeré – contestó un sonriente Afortunado. – ¿Qué es un grifo?

– Es una criatura de afiladas garras y grandes alas. Un ave gigante devorador de carne humana, mitad águila, mitad león – dijo el rey intentado disuadirlo. – Se halla en la isla del lago Azul, superando la espesura del bosque de abetos y las afiladas montañas. No cualquier hombre merece casarse con mi hija y tan solo aquel que pueda traer una pluma de su dorado pelaje, será el que se despose con ella.

– Dame un caballo y traeré la pluma. Mi único deseo, mi rey, es casarme con su hija.

Aquellas palabras provocaron una mueca de desagrado en el rey que dándole sus más mezquinas bendiciones, le dejó partir en busca de la pluma dorada.


Afortunado superó el bosque y las afiladas montañas a lomos de su caballo pardo “Voy a por el grifo y me casaré con la hija del rey” se decía, pero conforme avanzaba, las praderas se convertían en desiertos y la majestuosa vegetación daba paso al polvo y a los huesos. 

Varios días continuó Afortunado su penosa marcha, hasta que un día llegó a un lago que no había peces.

– ¡Eh, barquero! ¿Puedes llevarme a la otra orilla? – gritó Afortunado a un anciano que movía una vieja barca de madera.

– Yo tengo que cruzar el lago de un lado a otro incesantemente. Contigo o sin ti – dijo el barquero lastimoso.

– Pues te acompañaré.

Afortunado se subió a la barca y ambos surcaron el lago.

– Busco al grifo.

– Lo tienes justo en la isla.

– ¿Qué son esas cosas que brillan en la isla? – Señaló el chico.

– Oro, piedras preciosas, coronas de viejos reyes… Nadie consigue llevárselas.

– Yo me las llevaré. Yo volveré.

– Nadie tiene tanta suerte, pero si vuelves, quizás podrías averiguar porque he de continuar este cansado ir y venir interminable. Me duele hasta el alma – dijo el barquero con pena en su voz.

– Lo averiguaré, barquero, muchas gracias.

Todos los que llegaban preguntaban lo mismo “¿Dónde está el grifo?”. Unos por amor, otros por fama, otros por fortuna, pero todos ellos acababan convirtiéndose en la cena del monstruo. Todo terminaba en terribles lamentos, suplicas y crujidos de huesos.

Afortunado escudriño la cueva de la criatura repleta de cadáveres y oro por doquier. Oyó un ruido que lo puso alerta y de detrás de una columna apareció el cocinero ladrón.

– ¿Qué haces aquí?- preguntó Afortunado sorprendido.

– Podría decir lo mismo de ti. A nosotros nos asaltó el grifo, mis hermanos fueron devorados, pero yo me salvé por saber cocinar,  es una cualidad que este monstruo aprecia mucho – contestó mientras llevaba un enorme cubo de vísceras a una mesa de madera. – Debes esconderte, el grifo volverá pronto.

– Necesito una pluma. Una dorada pluma de su lomo y averiguar cuando podrá descansar el barquero.

– Eso es imposible chico, tendrás suerte si sales de aquí con vida… – Un estruendoso aleteo se escuchó en la cueva. – Corre, bajo la mesa. Intentaré hacer lo que pueda.

La enorme ave se posó justo delante del escondite de Afortunado. El tamaño del monstruo hacía empequeñecer a los hombres.

– Huelo carne humana. Huelo, huelo a rica carne humana – dijo el monstruo en una mezcla entre graznido y voz aguda.

– Claro, – intervino el cocinero – me hueles a mí.

– ¿Dónde está mi comida?

– Justo aquí, hoy he recuperado unos restos que te dejaste por ahí desperdigados la semana pasada. – El cocinero levantó la gran olla y el ave comenzó a engullir la grotesca sopa que el hombre había preparado. Acurrucado bajo la mesa del grifo, el muchacho escuchaba en silencio.

El cocinero había rociado somnífero en la sopa y esperaba paciente a que los efectos dominasen a la bestia, pero esta parecía ser inmune.

El grifo dio cuenta de toda la comida y eructó tan fuerte que impregnó el ambiente con olor a vísceras en descomposición.

– ¿Quieres que te rasque el lomo? – preguntó el cocinero tapándose la boca.

– Sí, ráscame, ráscame.

Aprovechando esa oportunidad, el cocinero arrancó una de las plumas del grifo que gritó de dolor y agarró al cocinero entre sus zarpas.

– Perdóname, perdóname. Soy muy torpe. Me marcharé y volveré a mi oscuro agujero. Le pediré al barquero que me lleve, siempre está ahí, ¿no? ¿Tú sabes porque?

– No, no te irás me gusta que me hagas de comer y que me rasques el lomo. El barquero está maldito, y así seguirá hasta que ofrezca su remo a alguien, entonces le pasará la maldición al idiota que lo coja. Sencillo.

El somnífero comenzaba a hacer efecto y el grifo cayó presa del sueño sobre un montón de oro. Afortunado cogió la pluma, un cofre lleno de joyas y despidió al cocinero que había decidido quedarse con la bestia. Al llegar a la barca, explicó el porqué de su maldición al barquero, “Al próximo viajero que pase ofrécele tu remo, él se convertirá en el barquero y tú quedarás libre” y, por primera vez después de muchos años, siglos tal vez, resurgió la esperanza en el barquero, se dibujó una sonrisa en su anciano rostro. Una pequeña sonrisa que cada vez se fue haciendo más grande.


“Ha vuelto”, gritaban los guardias. “Ha vuelto y trae la pluma”. El rey no podía creerlo, ese chico estaba ahí, ante él, portando la pluma de un monstruo devorahombres. “He hecho lo que me pedisteis”. Dijo el muchacho sonriente. El rey no tuvo más remedio que dar la mano de su hija a pesar del gran dolor que le causaba.

Afortunado trajo otro presente, un cofre repleto de oro y piedras preciosas. Cuando el rey vio el tesoro le brillaron los ojos “Joyas y riquezas”. Pensaba “Deben ser todas mías”. Afortunado le indicó al rey donde se encontraban  y sin demora partió en su búsqueda. “Las joyas están en una isla desierta y en la orilla se encuentra un amable barquero que le llevará hasta allí. En ese lugar hay oro en lugar de arena, esmeraldas en lugar de rocas y cuando rompen las olas, caen diamantes”.

El rey llegó solo a la orilla, pues nadie más que él podía poseer esas joyas, y pidió al barquero que le transportase a la isla. El barquero aceptó de buen grado y fue remando lo más lento posible. “¿No es posible ir más rápido, anciano?”. Exigió el malvado rey. “Sí, señor. Hay una forma“. Contestó. “Remad vos mismo”.

Así que, si algún día vais a un lago y hay una barca llevada por un viejo barquero que va y viene de una isla, daos la vuelta, pues allí vive el grifo y puede que jamás regreséis del viaje. También recordad que el barquero fue un malvado rey, que se burló de una profecía y que tenía un corazón cruel.

La naturaleza, amigos míos, es muy sabía y sabe hacer justicia mejor que nadie.

Fin.