– ¿Sigues creyendo en las hadas? – dijo Tony.

 – Sí – contestó Peter desde el suelo con la cara ensangrentada.

 – Entonces te seguiré golpeando hasta que las olvides, marica – contestó el matón levantando el puño de nuevo. La paliza duró al menos tres minutos más. Tony era el mayor de todos ellos y arengado por sus secuaces, los nudillos de ese coloso se convertían en metal.


Peter se había convertido en el eslabón más débil de clase. Un chico tímido y soñador que rechazaba la violencia y los deportes físicos, esto último había condenado su paso por el instituto.  Los chicos de clase, en su calidad de machos, esbozaban risas burlonas y algún que otro empujón cuando pasaban a su lado. Por suerte para él, ya había aprendido a ignorarlos. Se refugiaba en sus libros de fantasía y en su único amigo, Oberón.

Tener un amigo imaginario nunca ha sido tarea fácil, su madre llegó a pensar que necesitaba ayuda psiquiátrica. Es normal, que a edad temprana, la imaginación de un niño esté completamente desbocada, incluso hasta llegar al punto de confundir la realidad con la ficción, pero Peter tenía quince años y aún seguía hablando con ese ser inexistente.

Lo peor de este asunto, es que no le importaba que los demás supieran de su pequeño problema de percepción. Le traía sin cuidado lo que el resto de mortales pensaran acerca de su entendimiento de la realidad. Para Peter las hadas eran reales y no solo eso, cualquier otra criatura mágica que pudiera imaginar era lícita en su mundo. Oberón era la muestra de ello, le hacía viajar por mundos ignotos de ensueño. Tierras inexploradas por el hombre y que solo unos pocos tenían la capacidad para visitar. Es terrible cuando el resto de personas no son capaces de creer las palabras de un desorientado chico de quince años. Puede que estuviera loco o que tan solo necesitara un poco de cariño para olvidar esas tontas ilusiones.

Como fuere, Peter era peculiarmente feliz hasta que topó con Tony, el matón más bobalicón del vecindario. De esos que tienen los dientes torcidos, la camisa sin planchar y la misma gorra siempre en la cabeza. Un ceporro absoluto que la tomó con ese pobre chico de quince años. Se enteró del singular gusto de Peter y no dudó ni un instante en cazar a su presa. Todas las tardes le esperaba a la vuelta del colegio para hacerle la misma pregunta “¿Sigues creyendo en las hadas?”, recibiendo la misma respuesta de todos los días “Sí”. Largo tiempo estuvo Peter volviendo a casa con la cara magullada y la ropa rasgada. A su padre le importaba bien poco la situación, siempre estaba demasiado cansado y su madre había desistido hace años de convencerlo. El desamparo le hizo aferrarse con más intensidad a sus ideales, y Oberón frecuentaba la ventana de Peter más a menudo.


El día de la tragedia llegó un jueves por la tarde. Peter regresaba a casa del instituto con la mochila a cuestas y un libro entre las manos, cuando Tony y su pequeña banda de tres autómatas le interceptaron a la orilla del río.

 – Hola Peter Pan, ¿Dónde te has dejado a campanilla? – preguntó Tony en su sempiterno tono burlón.

 “Vaya, que original” pensó Peter e hizo el ademán de esquivarlos o al menos salir a la carretera donde se sentía más seguro, pero fue imposible. Los cuatro matones le habían rodeado y no le quedaba escapatoria.

 – He pensado algo, friki. No te voy a hacer más la pregunta. Te la voy a tatuar para que puedas acordarte siempre de ella – dijo sacando una navaja plateada del bolsillo y soltando una risotada final que heló la sangre a Peter.

Uno de los chicos miró a Tony asustado – Tony creo que esto es demasiado.

 – ¿Demasiado? Yo diré cuando es demasiado. ¡Levantadle la camiseta!

Los tres secuaces forcejearon con Peter hasta que lo inmovilizaron. El chico gritaba lo más fuerte que podía, pero las casas estaban demasiado lejos y nadie pasaba por la orilla del río a esa hora.

 -¡Cállate de una vez! – gritó el odio de Tony mientras clavaba la navaja en el costado del chico. Peter notó el frío del metal atravesándole la carne y, de repente, enmudeció. Tan solo una palabra salió de sus labios bañados por las lágrimas “Oberón”.

Los chicos soltaron el cuerpo moribundo de Peter y comenzaron a escuchar un aleteo extraño, un zumbido violento que se aproximaba a ellos. Una figura imponente se posó ante la pandilla de pendencieros. Un monstruo de grandes alas y musculoso cuerpo de color ceniza, con cuernos retorcidos y enormes garras. Los ojos del ser contenían resentimiento y rencor, se podía palpar el odio en sus grandes ojos rojos. Un ente de malicia y destrucción. En definitiva, lo que Peter entendía por un hada. La antítesis de su existencia.

Oberón

A la mañana siguiente, encontraron tres cuerpos descuartizados a lo largo del río. El de Tony corrió menos suerte, colgaba ahorcado de un árbol con una frase grabada en su barriga. “¿Sigues creyendo en las hadas?”.

A día de hoy, el paradero de Peter sigue siendo un misterio. Muchos creen que aquel acto despreciable fue cometido por un asesino de niños, otros que fue una bestia salvaje, sin embargo ni los humanos son tan sádicos, ni los animales cuelgan personas en los árboles. En el fondo, todos sabemos quien fue, pero ninguno se atreve a decirlo en voz alta. A nadie le gustaría acabar como el bueno de Tony.