Doble o Nada Relato

La Tierra de Metal

Aun recuerdo esos días de escuela. Esos días donde todo era normal. Ninguno pensaba que esto iba a suceder, ni los ciudadanos, ni los dirigentes, ni siquiera los científicos.

Cada segundo en este cubículo, rememoro las clases de historia virtual. Nos colocábamos los cascos y podíamos ver cómo era el mundo antes… Bueno… Antes de nosotros.

Los animales salvajes, galopando de un lado para otro o simplemente descansando encima de las verdes praderas que la naturaleza había esculpido sobre esta roca espacial a la que llamamos Tierra.

Los peces, nadando osados por ríos y mares de aguas cristalinas. Desde las pequeñas carpas que habitaban los tranquilos riachuelos de agua dulce, hasta las imponentes ballenas o los peligrosos tiburones blancos que navegaban los océanos infundiendo el miedo a su paso.

Las aves, que surcaban los cielos batiendo sus majestuosas alas de oro y plata. El máximo exponente de libertad, inalcanzables criaturas viajando por el firmamento y formando bandadas perfectamente estructuradas o cazando en solitario con la precisión milimétrica de las matemáticas astro-espaciales.

Las pequeñas creaciones insectoides, viviendo en sus nimias sociedades, pequeñas a nuestros ojos de gigante. Cumpliendo las órdenes de su reina para la prosperidad de la colonia y, a cambio, obteniendo un finalidad superior para sus ínfimas vidas.

La vegetación, el motor de la creación. Salvaje e inmensa, se extiende por toda la corteza llevando su vitalidad siempre consigo, actuando desinteresadamente sobre el resto de inquilinos, ya sea con su vida o con su muerte.

Sí, la naturaleza era bella, diversa y especial. A pesar de todas sus diferencias, características o cualidades, había un sentimiento que se repetía en todos ellos. En todos los animales, aves, peces, insectos… Ninguno de ellos quería destruir por puro placer o subyugar al resto para sentirse superior. Luchaban para subsistir y la sabiduría de la naturaleza equilibraba la balanza entre ellos. Esa balanza que los humanos tomaron como suya, rompiendo las leyes no escritas que, con tanto esmero y paciencia, habían sido construidas durante siglos.

La balanza del mundo

¿Cómo hemos llegado a este punto?

¿Cómo hemos podido ser tan descuidados?


Hemos hecho trizas las majestuosas creaciones de la Tierra. ¿Para qué? Ya ni siquiera tenemos un propósito claro como especie. El odio que procesamos cada día hacia nuestro alrededor, nos convierte en seres mezquinos y deleznables. No somos dignos de ser llamados terrícolas, no pertenecemos aquí. Nos hemos convertido en el mayor error de la naturaleza y que acabará por destruirla.

Mientras que el resto de moradores se aferra a su condición, nosotros tenemos que adquirir las ajenas para sentirnos completos y consumar una absoluta dominación.

¿Los animales viven en prados y montañas? Construiremos nuestras casas y fábricas allí, cazaremos a sus moradores y labraremos la tierra para producir lo que nosotros dictaminemos.

¿Los peces pueblan los mares? Inventaremos máquinas que nos permitan surcar la superficie marina y pescaremos a sus habitantes. Además, contaminaremos los océanos, al fin y al cabo, es la parte más extensa de la tierra y es imposible que nos quedemos sin agua.

¿Las aves vuelan? Crearemos artefactos voladores para sobrevolar grandes distancias, nuestras propias alas de metal. Pagaremos el precio de la destrucción atmosférica y la polución, pero sentirnos libres como los pájaros es un bien mayor.

¿Los insectos forman colonias? Nosotros haremos sociedades lideradas por un gobierno miserable y avariento, que solo buscará su beneficio propio y, quizás, el de su país.

¿La vegetación se extiende? La talaremos, aunque no será un desperdicio, la madera servirá para alimentar nuestros inventos. Ahora será el auténtico motor de la creación, a fuerza de fuego y carbón.

No nos hemos adaptado al mundo, el mundo se ha adaptado a nosotros. Hemos usado todos los recursos disponibles, dejando atrás una árida roca de desprecio y rencor. Saña y enemistad entre una propia especie. Que no solo aniquila todo en su camino, si no que hace lo propio con el semejante, condenando su hábitat  a un final funesto.

Y cada día me pregunto, ¿Cómo es posible?, ¿De qué forma hemos prosperado? No hay palabras para expresar el dolor que siento ahora mismo y lo arrepentido que me hallo de ser uno de los culpables.

Como dijo mi padre al enterarse de la noticia en la televisión  “No me lo puedo creer. Esos ‘abraza-arboles’ tenían razón”. De mientras, yo solo podía pensar en la gran partida de ajedrez que La Madre Tierra había perdido contra un rival tan indigno.

La gran partida

Lo siento natura, los humanos abandonamos la Tierra para colonizar otro planeta. No has podido hacer nada para detenernos. Tampoco es culpa tuya, somos así, parece que cuanta más inteligencia y sabiduría obtenemos, más inconscientes son nuestros actos.

Espero que tu sucesor tenga el valor para extinguirnos o continuaremos consumiendo todo a nuestro paso. Hasta que no quede nada.


“Si crees gozar de la felicidad manteniéndote alejado de los hombres, eres un dios, un anacoreta o una bestia”

-Jean Bénigne Bossuet
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