Colaboraciones Relato

Acisclo: El Bramido Reptante

Saludos fiel seguidor de Stonergëk, traemos noticias frescas para todos nuestros lectores.

Un compañero de oficio se puso en contacto con nosotros para participar en nuestra iniciativa de Colaboraciones. Nos envió un extraño relato sobre Acisclo, un personaje al que podríamos catalogar como el antihéroe de Zaragoza.

Al principio con reservas, pero hambrientos de colaboraciones, leímos uno de los muchos relatos de Acisclo. Nuestra sorpresa fue mayúscula, pues nos pasamos toda la tarde riendo con las descaradas aventuras cósmicas de tan vil personaje.

¿Terror cósmico y humor? Parece imposible, sin embargo encaja tan bien como una pizza de queso y bacon recién horneada en el estomago sin fondo de Mr.G.

Sin más dilación, os dejamos con el que a nuestro parecer es la mejor obra de Acisclo, aunque de seguro haremos más colaboraciones.

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Enlace al Relato El Bramido Reptante


EL BRAMIDO REPTANTE

Horror cósmico innombrable

Acisclo había fracasado de nuevo en su intento de salvar algunos cuartos para comprar comida y había vuelto a invertir todo su capital en alcohol de tercera a horas intempestivas. “Esta vez casi lo consigo”, se decía. “He estado tan cerca…” Realmente, esta vez Acisclo había tenido alguna posibilidad real de haber resistido el grito mudo de la noche, de escapar de la reverberación cósmica que parecía atraer su despejado cráneo y amarillentas manos hacia las peores tascas de la ciudad. Pero algo inesperado había ocurrido. Uno de sus más impíos y antiguos compañeros de fatigas, El Bramido Reptante, había jugado con la débil mente de nuestro héroe.

Con una malicia que escapa a toda comprensión humana, El Bramido había pasado por casa de nuestro alopécico protagonista con la excusa de recoger el CD del Counter Strike, introduciendo ingentes cantidades de cerveza Steinburg y vino local en una bolsa de un inocente color verde. Una suerte de caballo de Troya deleznable que traía muerte y ruina. Acorralado por su propia naturaleza etílico-hedonista, Acisclo se había lanzado a deglutir aquellos brebajes, condenando su alma y su hígado al abismo más oscuro del averno, renunciando así a su última oportunidad de formar parte de la sociedad. El Bramido, orgulloso de su poder, soltó una carcajada desde lo más profundo de su ser. Los cielos se estremecieron ante otra abrumadora victoria de El Bramido sobre todo lo que es puro.

Tras dar buena cuenta de las bebidas, se lanzaron a las calles atravesando la tormenta que las carcajadas blasfemas de El Bramido Reptante habían causado; y, evitando cualquier contacto posible con individuos normales, se dirigieron hacia El Estropicio. Este antediluviano bar, antaño la joya de la corona de El Rollo, era sólo un recuerdo maltrecho de los gloriosos días pasados. Nuestro héroe encontró la visión del club desgarradora. Al igual que aquellas fotos de juventud en las que Acisclo gozaba de una melena azabache digna de un felpudo de una película porno setentera, hoy en día sólo eran un reflejo marchito de aquella antigua belleza. Lo mismo ocurría con este bar. El apestoso corazón de Acisclo se resquebrajó un poco más, y sus decrépitas manos color orín comenzaron a sudar.

El dueño del local, Braulio Macken, más conocido como Silver Fox, se jactaba de no haber puesto jamás una canción que un cliente hubiera pedido. El Bramido era consciente de ello. Este antiguo ser poseía una tenacidad digna de un conquistador romano o de una mula con problemas mentales, y se había propuesto acabar con la fama de Silver Fox y que éste reprodujera una canción de su elección. Acisclo sabía que era mejor cooperar en sus empresas que interponerse en su camino. Los pocos que osaron intentarlo habitan prisiones de la mente tan profundas que cualquier posibilidad de recuperación está fuera de cuestión. Tal era el poder de El Bramido.

Cuando los metálicos ojos de Silver Fox se cruzaron con los enrojecidos faros de la bramante criatura, éste exigió escuchar Hechizo, de Héroes Del Silencio, con la impetuosidad espartana del que se sabe dueño de la tierra que pisa. Silver Fox sonrió y le dijo que no pegaba con el ambiente y que esperara. Ambos se miraron mientras la electricidad estática hizo petardear los átomos del lugar. El duelo había empezado.

Acisclo tembló, presa del pánico. Lo que se había desatado podría acabar con la humanidad tal y como la conocíamos. Y él era una pieza de aquel rompecabezas oscurantista.

El Bramido empezó a cantar Hechizo a un volumen tal que el hilo musical se convirtió en un susurro lejano. Acisclo, al igual que Saruman, apoyó un mal que nada en aquella tierra podía derrotar. Cantando a coro con su burbujeante voz y con todo el poder de sus ahumados pulmones, acompañó a El Bramido en su loco cantar.

Minutos pasaron. Después horas. Quizá días. No hay forma de saberlo. Los escasos clientes abandonaron el bar, como una familia que abandona una zona de guerra infestada por velociraptors. Nuestros protagonistas estaban frente a Silver Fox. La encanecida barbilla del tabernero temblaba, y, como el estratega pesadillesco que era, El Bramido entendió que sus defensas estaban a punto de caer y subió una octava su melodía levítica. Acisclo intentó acompañarle pero él sólo era humano, y había alcanzado su límite. Su garganta se paralizó y cayó al suelo de rodillas. No le quedaban judías mágicas, así que no podía continuar.

Los ancianos ojos de Silver Fox, comprendiendo que tenía que elegir entre su orgullo y su vida, se posaron sobre el ordenador donde, derrotado, pusó la canción Hechizo. Tras pulsar el play se precipitó hacia el suelo y, en posición fetal, rompió a llorar, liberando también sus esfínteres e inundando el local con el olor de la derrota.

El Bramido, ante los dos humanos que yacían impotentes y comprendiendo que su victoria era total, rió. Rió enloquecido. El poder cósmico de su laringe hizo que las bombillas del local brillaran por encima de su voltaje, haciendo explotar algunas de ellas. Acisclo había salvado su alma condenando la de Silver Fox, y había acabado con un local que había sido una institución de la noche zaragozana por salvar su propio pellejo. Pero la moral es prescindible cuando estás rodeado por horrores tan antiguos como las estrellas, y el poder de un simple humano es insignificante en dichas guerras estelares. El mundo estaba ahora un poco más cerca de su destrucción, pero Acisclo viviría para beber un día más.

Terror cósmico ebrio en Zaragoza


 Acisclo, el portador del hígado mágico en Zaragoza
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11 comentarios

  1. Hola! No conocía el libro. Tanto la sinopsis como la reseña me parecen interesantes, pero, no me termina de convencer. Puede que para más adelante.
    Gracias por la recomendación
    Nos leemos!
    ✒️ Namartaielsllibres

    Le gusta a 1 persona

  2. No había leído antes este relato porque estaba por las kimbambas, algo desconectada.
    A mí me tenían que haber hecho una foto la primera vez que leí un relato de las Crónicas de Acisclo porque mi cara de pasmo tenía que ser cómica. Es fantástico y siempre me arranca una sonrisa y una risotada. Lo recomiendo mucho.

    Le gusta a 1 persona

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