Colaboraciones Relato

Eva M.Inda: El Espejo

Hola a todos.

Hoy tenemos una colaboración femenina de lo más inesperada. Hace unas semanas nos llegó un relato corto a través de nuestra web, que recibimos de buen grado. No sabíamos cuanto nos iba a gustar hasta que abrimos ese documento de word.

Eva nos trae un escrito muy Stonergëk, de los que no te dejan indiferente, te mantienen en vilo hasta el final y, lo más importante, que es de fantasía. No seríamos nada sin dejar volar nuestra imaginación y la fantasía nos da la vía de escape perfecta. Que cada uno saqué sus propias conclusiones del relato corto y su pequeña moraleja.

Aprovechamos para decir que seguimos con la campaña de Colaboraciones y estamos abiertos a relatos cortos, poemas varios, pensamientos filosóficos…

Dejamos aquí las redes sociales de la autora:

Instagram: @evamaria_india

Twitter:@Eva_M_India

Web: La Estrella de 8 Puntas

Muchas gracias y que lo disfruten.


Apretándolo fuertemente contra su pecho, Casandra, empapada, entró en el refugio de su casa, cerrando la puerta tras de sí. Al fin lo tenía. Confiándose demasiado pronto, lo posó con cuidado sobre la mesa del salón, y lo abrió, leyendo de nuevo involuntariamente la advertencia grabada en semicírculo sobre la tapa: “Ten cuidado con lo que deseas”. Viendo su reflejo parcial, siempre hermoso, sobre el azogue rectangular del espejo, se colocó frente a él, de pie, con las manos extendidas, como había visto hacer a Jacinto, y comenzó a murmurar, casi con avidez: “Jaiyán, Jaiyán, Jaiyán…”. Encadenó ese nombre casi sin respirar, concentrándose, esmerándose, durante casi un minuto.

Pero Jaiyán no apareció. Solo un trueno lejano retumbó, como una burla, sobre los tejados de la ciudad, mientras la lluvia furiosa de marzo seguía cayendo, desbaratando la tarde. Quien sí se hizo presente en la habitación sobresaltando a Casandra, fue Jacinto, que abrió violentamente con su propia llave, la que ella misma le había dado meses antes, cuando en una especie de delirio había pensado que era el hombre de su vida. Un descuido que sin embargo, acabaría siendo del provecho de Casandra, desde el punto de vista más inmediato.

– ¡Devuélvemelo ahora mismo, bruja, rata asquerosa! – le soltó Jacinto apretando los dientes con ira, también empapado por la lluvia: – No te servirá de nada, no te va a servir de nada.

– Ah, ¿y a ti sí? – se defendió ella enseguida, recuperada del sobresalto: – Tres meses arrumbado en el fondo de un cajón, te has ido de viaje y ni te lo has llevado, regresas y ni te acuerdas de que lo tienes…

– ¿Y tú qué sabes, y además, qué te importa? Es mío, ¿te enteras? Y por eso, de nada vale que lo llames hasta que te aburras, ¡porque me obedece a mí! – Jacinto, sulfurado, se golpeó el pecho con una mezcla de orgullo y rabia: – ¡Tonta, que eres tonta! ¡Con todo lo list…!

Los ojos encendidos de Jacinto, tan fijos en Casandra, fueron incapaces de percibir el movimiento casi imaginario de puro rápido, que ella le asestó en la sien, con una bola de hierro que usaba de pisapapeles. Casandra también tardó en darse cuenta de ese golpe. Pero cuando lo hizo, después de ver derrumbarse torpemente a su ex amante contra una mecedora y luego caer al suelo donde se quedó inmóvil, lo único que se le ocurrió hacer fue poner punto final a la conversación, mientras soltaba la bola.

– Pues ahora ya no lo es. So listo.

Volvió a centrarse en lo único que le importaba en ese momento: Jaiyán. Le invocó de nuevo, y esta vez sí, brotó de entre los brillos del espejo, materializándose ante ella, majestuoso, altivo, imponente, envuelto en sus ropajes rojizos, con su hermosura extraña y áspera. Su mirada inicial fue para el cadáver de Jacinto allí junto a la mesa.

– Vaya. – se lamentó: – Pobre Jacinto, me caía bien, el muy infeliz… – luego miró a Casandra, con menos indulgencia: – ¿y tú, qué es lo que quieres?

Casandra, fascinada con su presencia, fue capaz de preguntarle, con voz entrecortada:

– Ahora… ahora me obedeces a mí, ¿no es cierto? Yo soy tu… tu dueña.

– Sí, así es. – respondió Jaiyán de mala gana. Sus ojos parecían querer fulminar a Casandra sin piedad ninguna, y ella se daba cuenta. Pero no le importaba.

– Pues entonces… – comenzó a decir, temblorosa ante la necesidad de tener que verbalizar un deseo tan arraigado e íntimo: – …concédeme…quiero…

Procuró recuperar la serenidad, mientras el yinn la miraba severo, sin pestañear siquiera, como un ídolo inmóvil y soberbio, esperando las deprecaciones de sus devotos.

– Quiero que todo hombre que me conozca se enamore perdidamente de mí. – dijo al fin Casandra, con voz firme.

– Ya. – contestó Jaiyán sin mostrar sorpresa alguna: – ¿Qué pasa, que no tienes suficiente con los corazones que has roto hasta ahora?

– No, ni de lejos, para elegir lo que realmente me gusta necesito una variedad mucho más amplia.

– Entiendo: pesca de arrastre. Te sugiero algún tipo de criba y de límite temp…

– No quiero entretenerme en eso, que sean todos, y yo elegiré.

Jaiyán guardó silencio unos segundos. Luego, con voz pausada, antigua, de una paciencia de cien, quinientos, mil años, habló de nuevo:

– ¿Has leído la frase que pone en la tapa de este espejo?

– Sí, oye, ¿qué pasa? – se revolvió Casandra impaciente: – ¿Que como soy mujer piensas que no sé bien lo que quiero?

– No, no es por ser mujer. – replicó el yinn enarcando las cejas: – Es porque los seres humanos sois bastante idiotas. Míralo a él. – Giró de nuevo la cabeza hacia el cadáver de Jacinto: – ¿Sabes qué fue lo primero que pidió? ¿Antes que dinero, o salud? A ti. A la mujer que acaba de dejarlo seco de un golpe. Sí. Mejor elección no cabe.

– ¡Por qué no dejas ya de darme la murga, y me concedes lo que te pido de una vez! – exigió Casandra apretando los puños y cerrando los ojos irritada.

Jaiyán, en cambio, permanecía envuelto en su serenidad grave, inalterable, contemplando a Casandra con frialdad.

– Ya está concedido. – Le anunció con voz profunda.

Tres años más tarde, Casandra, envuelta en la sombra de un manto oscuro, recorría las calles estrechas de la antigua medina, cuando la noche era más densa, poco antes del alba. No quería cruzarse con nadie, que no intuyeran siquiera su presencia, ni siquiera su tenue olor corporal. Iba con un paso muy acelerado, refugiándose de esquina en esquina, como si tuviese pavor a los espacios más abiertos, donde podría verla pasar desde un balcón o una ventana, algún hombre desvelado.

Cuando llegó junto al río, sacó el espejo cerrado, apretándolo fuertemente entre sus dedos blancos y finos, y lo lanzó al agua.

Reprimió un sollozo al escuchar el leve chapoteo en mitad del silencio de la madrugada. Luego regresó igual de apresurada a encerrarse de nuevo en su casa.

El Espejo
-Mr.G

                                                           Eva M. India.


22 comentarios

  1. No es la primera vez que leo a Eva, la sigo en el blog, y me encanta como escribe. Este relato me ha gustado mucho. Tiene algo importante que contar, pero lo hace con humor de por medio y eso me ha gustado. Besos.
    -Lucía, de En un bosque literario. 🐾

    Le gusta a 3 personas

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